Vuelos baratos, visas digitales, trabajo remoto, alquileres temporales: el mundo parece más accesible que nunca. Pero solo el 3,7 % de la humanidad vive fuera del país donde nació. La imagen de un planeta en movimiento es, en realidad, la imagen de una minoría.
La cifra viene de la División de Población de Naciones Unidas: a mediados de 2024 había un récord de 304 millones de migrantes internacionales, el 3,7 % de los 8.200 millones de personas del planeta. Es más que en 1990, cuando eran el 2,9 %. Pero también significa que más de nueve de cada diez personas viven en el mismo país en el que nacieron. Esa proporción, la que nunca se mueve, rara vez aparece en el relato de la globalización, que se cuenta casi siempre desde el aeropuerto.
Abierto para llegar, cerrado para quedarse
Nunca fue tan fácil moverse, y nunca tan difícil sentirse parte. La apertura que vemos es funcional, no social: se puede llegar a muchos lugares, pero pertenecer a pocos. La movilidad contemporánea promete libertad y produce, para muchos, otra cosa: estar sin arraigar, circular sin integrarse, habitar sin derechos plenos.
Y no todas las movilidades se miran igual. Hay movilidades valoradas: la del nómada digital, el profesional itinerante, el viajero flexible. Y hay movilidades invisibilizadas: la del migrante precario, el desplazado económico, el que se mueve sin capital simbólico. Quién tiene la libertad de elegir lo vimos con las visas y los pasaportes en fronteras, pasaportes y movilidad global y con los umbrales de ingresos de los nómadas digitales. Moverse puede ser una experiencia, una estrategia o una expulsión. La diferencia no está en el movimiento, sino en el margen de decisión.
Un territorio no es un punto en el mapa
Un territorio es acceso a derechos, redes sociales, estabilidad jurídica y reconocimiento simbólico. Al irse, aunque sea parcialmente, se abandona ese entramado. Por eso viajar mucho no siempre amplía el mundo: a veces lo fragmenta. Se puede estar en muchos lugares y no ser plenamente de ninguno.
La globalización prometió circulación y produjo, en cambio, una jerarquía del movimiento. El problema, entonces, no es moverse. Es qué se pierde al hacerlo, y quién puede compensarlo. Lo que aquí describimos es una tensión que no mide ningún indicador: no hay una encuesta que cuantifique el sentido de pertenencia de quien vive en tránsito, y es honesto reconocerlo. Pero lo que sí se mide, que casi nadie se mueve, obliga a mirar con cautela la idea de que vivimos en una época nómada.
El mapa más grande, el lugar más chico
Viajar amplía el mapa, no necesariamente el sentido de lugar. Entender la época exige dejar de idealizar el movimiento y empezar a mirar sus consecuencias. Esas consecuencias, para quien vive de paso, son el tema de vivir de paso. Y para el resto, para la enorme mayoría que no se mueve, la pregunta es otra, y quizá más urgente: qué hace un mundo organizado alrededor del movimiento por quienes no pueden, o no quieren, acompañarlo. Porque, en el mundo actual, no todo el que se mueve avanza. Y casi nadie se mueve.
