Según Gallup, uno de cada seis adultos del mundo, unos 900 millones, se iría a vivir a otro país si pudiera. En el África subsahariana, 37 %. En Honduras, la mitad. Casi nadie lo hará. La diferencia entre querer irse y poder irse es una de las desigualdades menos nombradas.
Vivir de paso ya no es una etapa: para mucha gente es una condición. No hablamos de una mudanza ni de un viaje largo, sino de una forma de vida en la que ningún lugar termina de consolidarse. Se está, pero no del todo. Se habita, pero sin arraigar. Y la movilidad constante produce una sensación paradójica: movimiento continuo con la impresión de que la vida está en pausa.
Querer irse, poder irse, poder quedarse
El estudio global de Gallup lleva años haciendo la misma pregunta: si pudiera, ¿se mudaría de forma permanente a otro país? En los últimos años, cerca del 16 % responde que sí, una cifra mayor que la de 2011 a 2018, cuando rondaba entre el 12 y el 15 %. Entre quienes viven en América Latina y Medio Oriente, la proporción es de 25 a 30 %. Estados Unidos es el destino preferido desde 2007, y la cifra de quienes querrían irse supera con mucho la de quienes los países de destino están dispuestos a admitir. Es un dato de deseo, no de hechos, y algunos países de la región, como los que lidera la tabla, viven situaciones de violencia y pobreza que lo explican.
Esto cambia lo que significa «vivir de paso». No todas las vidas en tránsito responden a la misma lógica: algunas se mueven por deseo, otras por oportunidad, y muchas por falta de alternativas. La diferencia no está en el movimiento, sino en la posibilidad de detenerse. Poder quedarse es un privilegio que casi nunca se nombra. Sin él, el movimiento deja de ser libertad y se vuelve una condición impuesta. Los márgenes legales que lo rodean, y la desigualdad de pasaportes y visados, están en fronteras, pasaportes y movilidad global.
Se acumulan lugares, no hogares
Un hogar no se reduce a un techo. Es un conjunto de vínculos estables, rutinas reconocibles, pertenencia simbólica y continuidad en el tiempo. La vida en tránsito rompe ese conjunto. Se evita comprometerse a largo plazo, construir redes profundas, proyectar más allá del corto plazo. No por desapego, sino por prudencia: cuando la permanencia no está garantizada, el arraigo se vuelve un riesgo. De ahí que quien se mueve mucho describa a menudo una sensación persistente: estar siempre empezando.
Lo que sigue es una lectura, y conviene decirlo: no hay una encuesta que mida la identidad de quien vive en tránsito. Pero lo que cuentan quienes viven así sugiere algo parecido a una identidad condicional. Las referencias se diluyen, los roles son temporales y el sentido de «lugar propio» se debilita. Uno aprende a adaptarse rápido, y paga el costo de no terminar de pertenecer. Adaptarse parece una virtud, pero sostenido en el tiempo se vuelve desgaste: reaprender códigos, rehacer vínculos, reordenar rutinas. Es un cansancio silencioso, más existencial que físico, que se parece al que describimos en la sensación de estancamiento.
Una respuesta a un mundo que flexibilizó el movimiento, no la pertenencia
Vivir de paso no es una falla individual ni una moda. Es, más bien, la respuesta a un mundo que flexibilizó el movimiento y dejó rígida la pertenencia. Lo vimos, para quienes eligen esta vida con ingresos externos, en nómadas digitales, y para quienes la viven sin elegirla, en la ilusión de la movilidad global.
La pregunta, entonces, ya no es cuánto se viaja, sino qué se pierde cuando ningún lugar alcanza para quedarse. Una vida en tránsito permanente puede ser dinámica. Y también, a veces, profundamente incompleta.
