Mujer acostada boca abajo pensando en IA




No es que no podamos vivir sin tecnología: es que, para muchas funciones, dejamos de practicar cómo se hacía. Un estudio que siguió durante tres años a conductores habituales encontró que quienes usaron más el GPS sufrieron un deterioro mayor de su memoria espacial. Es una muestra pequeña, pero ilustra algo general: lo que no se ejercita se debilita.

La dependencia funcional no es una adicción ni un entusiasmo tecnológico, y tampoco un rechazo moral. Es un fenómeno más silencioso: la pérdida gradual de autonomía práctica. Orientarse, recordar, calcular, decidir y coordinar eran capacidades propias que hoy están, en buena medida, externalizadas en sistemas. Ya no usamos la tecnología como una herramienta: operamos dentro de ella.

La evidencia del GPS

El caso más estudiado es la navegación. Los investigadores Louisa Dahmani y Véronique Bohbot, de la Universidad McGill, evaluaron a 50 conductores habituales en tareas de navegación virtual y volvieron a medirlos tres años después, a la vez que registraban cuánto habían usado el GPS en ese lapso. Su hallazgo, publicado en la revista Scientific Reports en 2020: un mayor uso del GPS se asociaba con una caída más pronunciada de la memoria espacial que depende del hipocampo, y quienes más lo usaban pasaron de estrategias basadas en referencias del entorno a otras más mecánicas, como recordar si se giraba a la izquierda o a la derecha.

Los autores examinaron la dirección de la causalidad. Quienes usaban más el GPS no lo hacían porque se sintieran peor orientados, lo que sugiere que el uso intensivo llevó al deterioro y no al revés. Pero hay que ser prudentes: la muestra longitudinal era pequeña, y una revisión posterior señaló que todavía hace falta más investigación. La propia Bohbot reconoce que no es realista pedirle a la gente que deje de usar el GPS. Su sugerencia es más modesta: usarlo para ir a un lugar y apagarlo en el regreso.

Saber hacer frente a saber acceder

La dependencia funcional implica un desplazamiento del saber. Antes, saber hacer algo suponía comprender el proceso. Ahora, muchas veces, supone saber dónde tocar, qué aceptar y a qué acceder. El conocimiento se vuelve procedimental, no comprensivo. No olvidamos cómo se hacían las cosas: dejamos de ejercitarlas, y lo que no se ejercita se debilita.

El estudio de Microsoft y Carnegie Mellon sobre IA y pensamiento crítico apunta en la misma dirección en otro terreno: más confianza en la herramienta se asocia con menos esfuerzo de pensar, aunque con una salvedad que interesa mucho: el criterio no desaparece, se desplaza de ejecutar a supervisar, y supervisar exige conocer el tema. Lo desarrollamos en la automatización silenciosa.

Cuando el sistema falla, falla la acción

La fragilidad aparece en lo más simple: cuando el sistema no responde. Sin conexión, sin actualización o sin validación, la acción se detiene. No porque sea imposible, sino porque la capacidad ya no está integrada en la persona, sino en la infraestructura. Es una observación de sentido común, no una cifra: no medí cuánta gente queda paralizada por una caída de servicio, y los ejemplos que se citan en la prensa son anecdóticos.

Lo que sí se puede afirmar es la asimetría: dependemos de infraestructuras que no entendemos, no controlamos y no podemos reemplazar con rapidez. Es la contracara de lo que analizamos en la comodidad como trampa: renunciamos a comprender, y esa renuncia se vuelve estructural.

Autonomía condicionada

Creemos ser autónomos porque elegimos entre opciones. Pero esas opciones ya están filtradas, jerarquizadas y sugeridas, como vimos en la ilusión de control digital. Elegimos lo disponible, no lo posible. Y esa dependencia se extiende también a lo laboral, donde las decisiones sobre turnos, tareas y rendimiento las toman sistemas que los trabajadores no ven, algo que analizamos en automatización, algoritmos y trabajo humano.

Recuperar sin romantizar

No se trata de volver atrás ni de rechazar sistemas que funcionan. Se trata de reconocer el costo invisible de la delegación total y de decidir qué capacidades vale la pena mantener entrenadas. Algunas pautas razonables, que son una interpretación propia y no una conclusión de los estudios: conservar alguna práctica manual de las habilidades que consideramos esenciales, apagar de vez en cuando la ayuda automática en trayectos o tareas conocidas, y saber cómo se hace algo básico sin el sistema, aunque se use casi siempre con él.

La autonomía no es independencia absoluta, pero tampoco es dependencia inconsciente. Entre ambas existe un espacio crítico: el de decidir, con conocimiento de causa, qué delegamos y qué no.

Fuentes