No se trata de adicción ni de entusiasmo tecnológico. Tampoco de rechazo moral.
El fenómeno es más silencioso y más profundo: la pérdida progresiva de autonomía práctica.
Hoy no es que no podamos vivir sin tecnología. Es que ya no sabemos cómo hacerlo.
De la herramienta al soporte vital
Durante mucho tiempo, la tecnología fue un instrumento: ampliaba capacidades, aceleraba procesos, facilitaba tareas.
Ese vínculo cambió.
Muchas funciones básicas de la vida cotidiana dejaron de ser habilidades propias y pasaron a estar externalizadas en sistemas:
* orientarse,
* recordar,
* calcular,
* decidir,
* coordinar.
No usamos sistemas: operamos dentro de ellos.
Saber hacer vs. saber acceder
La dependencia funcional no implica ignorancia total, sino un desplazamiento del saber.
Antes:
* saber hacer implicaba comprender el proceso.
Ahora:
* saber hacer implica saber dónde tocar, qué aceptar, a qué acceder.
El conocimiento se volvió procedimental, no comprensivo.
Cuando el sistema falla, falla la acción
La fragilidad aparece en el momento más simple: cuando el sistema no responde.
Sin conexión, sin actualización, sin validación:
* la acción se detiene,
* la decisión se posterga,
* la capacidad se suspende.
No porque sea imposible, sino porque ya no está integrada en la persona, sino en la infraestructura.
La comodidad como normalización de la dependencia
La dependencia no se impuso por obligación, sino por comodidad.
Cada sistema resolvió un problema real:
* menos esfuerzo,
* menos tiempo,
* menos fricción.
Pero el costo fue acumulativo:
* menos memoria activa,
* menos criterio propio,
* menos práctica autónoma.
La eficiencia reemplazó a la experiencia.
No es ignorancia, es desuso
No olvidamos cómo hacer muchas cosas: dejamos de ejercitarlas.
Y lo que no se ejercita:
* se debilita,
* se delega,
* se pierde.
La dependencia funcional no es una caída abrupta, sino un desgaste progresivo.
Autonomía condicionada
Creemos ser autónomos porque elegimos entre opciones.
Pero esas opciones ya están filtradas, jerarquizadas y sugeridas.
La autonomía existe, pero **dentro de un marco técnico que no controlamos**.
Elegimos, sí.
Pero elegimos lo disponible, no lo posible.
El riesgo invisible
El problema no es el sistema en sí, sino la **asimetría total**:
* dependemos de infraestructuras que no entendemos,
* que no controlamos,
* y que no podemos reemplazar rápidamente.
La vida cotidiana se sostiene sobre capas técnicas invisibles, hasta que dejan de funcionar.
Conclusión: recuperar sin romantizar
No se trata de volver atrás ni de rechazar sistemas que funcionan.
Se trata de reconocer el costo invisible de la delegación total.
La autonomía no es independencia absoluta, pero tampoco es dependencia inconsciente.
Entre ambas existe un espacio crítico que hoy estamos dejando vacío.

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