

«Viajar menos» suena a consejo para todos. Los números dicen que casi no es un consejo para nadie: en 2018, solo el 11 % de la humanidad voló, y menos del 4 % lo hizo al extranjero. El 1 % que más vuela, unos 56.000 kilómetros por año, emitió más de la mitad del CO2 de la aviación comercial de pasajeros. La pregunta incómoda del turismo lento es a quién le habla.
Las cifras son de un estudio de Stefan Gössling y Andreas Humpe, publicado en 2020 en la revista Global Environmental Change, con datos hasta 2018. Son anteriores a la pandemia, y los patrones de viaje pueden haber cambiado, algo que conviene tener presente. Pero la proporción es tan desigual que difícilmente se invierta: en Estados Unidos, el 53 % de los adultos no voló ese año. Antes de la pandemia, la aviación aportaba cerca del 2,5 % de las emisiones mundiales. Y aun así, la mayor parte de la gente simplemente no vuela.
Durante años, viajar más fue sinónimo de vivir mejor: más destinos, más kilómetros, más sellos. La movilidad constante funcionó como medida de éxito, apertura mental y realización personal. Para quien pudo hacerlo, empieza a aparecer una fatiga silenciosa, no solo económica o logística, sino existencial. El movimiento permanente deja poco espacio para observar, comprender y sostener un vínculo con los lugares.
Ahí entra el turismo lento, que no es una moda ni una postura moral, ni implica dejar de viajar. Es otra relación con el tiempo y el territorio: estadías más largas, menos destinos por viaje, más contacto con lo local, ritmos no optimizados. No busca acumular, sino densidad. Viajar lento no es viajar poco: es viajar con otra lógica.
La diferencia de fondo se puede resumir en dos formas de viajar. Una prioriza la cantidad de lugares, la rapidez, el registro visual y la validación social. La otra exige tiempo, incomodidad, observación y escucha. No siempre se puede elegir la segunda: pesan las limitaciones económicas, laborales y logísticas. Pero entender la diferencia permite ajustar las expectativas. Y desmiente algo que se repite mucho: que viajar, por sí solo, transforma. No siempre. El desplazamiento no garantiza el encuentro.
La cultura del viaje global produjo un efecto curioso: mucha gente conoce ciudades lejanas y casi no comprende su propio entorno. Regiones cercanas, pueblos próximos y paisajes cotidianos quedan eclipsados por el atractivo de lo distante. El turismo lento propone invertir esa mirada: volver a recorrer lo próximo, entender su historia, observar cómo cambia. Cuando se baja la velocidad, el territorio empieza a hablar: aparecen historias locales, conflictos invisibles, capas de sentido que no figuran en guías ni rankings. Esa idea de territorio como algo vivo la desarrollamos en viajar en la era de la sobreinformación.
Hay argumentos plausibles sobre sus beneficios, aunque no los respalden aquí cifras propias: una estadía más larga reparte el gasto de forma más pareja y presiona menos a la infraestructura, y la economía local suele beneficiarse más de la permanencia que del tránsito. Es razonable pensar que es así, pero lo planteamos como hipótesis, no como un hecho medido. Lo que sí está medido es la presión sobre ciertos barrios, que vimos en turismo, gentrificación y territorio.
Hay, además, algo casi subversivo en esta forma de viajar: recupera el tiempo sin objetivo claro, el que no se aprovecha, no se registra ni se comparte. En una cultura obsesionada con la productividad, que analizamos en la cultura de la inmediatez, un viaje que no rinde es, paradójicamente, el que más se recuerda. Viajar menos, entonces, puede ser una decisión racional: reduce costos, disminuye el estrés, permite profundidad y evita la saturación.
Pero conviene no sobreactuar. Si la mayoría de la humanidad casi no viaja, y un puñado viaja muchísimo, el llamado a viajar menos tiene un destinatario preciso, y no es la mayoría. Al resto no le sobran viajes. Y para quienes no han podido salir nunca, el viaje más transformador seguirá siendo una promesa, no un exceso. Quizá el viaje del futuro no sea más lejano ni más frecuente, sino más selectivo. Y a veces, el más transformador es el que permite mirar de nuevo lo que siempre estuvo cerca.