Hombre tapándose la boca con una mano, gesto de duda o desconfianza



Nunca hubo tanta información disponible, y nunca fue tan baja la confianza en ella. Un tercio del mundo duda, casi la mitad evita las noticias y siete de cada diez personas desconfían de quien piensa distinto. La pregunta ya no es qué creemos, sino en quién.

Confiar es un acto cotidiano que casi nunca notamos. Tomamos un medicamento sin analizar su fórmula, viajamos en un avión sin revisar sus motores, aceptamos un dato de una agencia de noticias sin consultar la fuente original. El sociólogo alemán Niklas Luhmann sostuvo que la confianza cumple una función práctica: reduce la complejidad del mundo, porque nadie puede verificarlo todo. Confiar es la manera de poder actuar sin saberlo todo.

Por eso resulta paradójico lo que muestran los datos de 2026. En la época en que más información está al alcance de cualquiera, la confianza, el mecanismo que permitía procesarla, se está debilitando.

Lo que dicen los números

El Digital News Report 2026, del Instituto Reuters de la Universidad de Oxford, encuestó a cerca de 100.000 personas en 48 países. Su conclusión central es que la confianza en las noticias cayó al nivel más bajo desde que se mide: solo el 37 % de los encuestados dice confiar en la mayoría de las noticias. En 29 de los 48 mercados bajó de forma significativa. Irlanda, por ejemplo, pasó del 51 % al 42 % en un año.

Hay un matiz que conviene no perder: la confianza en marcas informativas concretas resiste mejor que la confianza en las noticias en general. Es decir, la gente sigue distinguiendo entre los medios que conoce y un ecosistema informativo que le resulta confuso.

La respuesta de muchas personas no es discutir, sino retirarse. El 42 % dice que evita las noticias a menudo o a veces. La cifra se mantuvo estable respecto del año anterior, pero es mucho más alta que el 29 % registrado en 2017, cuando el informe empezó a medirla. En India, la proporción es del 52 %; en Irlanda, casi la mitad, y es la cifra más alta que ese informe registró en el país. Es lo que describimos en cuando todo es noticia: la fatiga informativa: cuando todo parece urgente, cansa, y el agotamiento termina en desconexión.

El informe agrega un cambio en cómo llega la información. Por primera vez, el 54 % de los encuestados accede a las noticias a través de redes sociales y plataformas de video, frente al 51 % que lo hace en los sitios y aplicaciones de los propios medios. Y la confianza cae según el canal: solo el 22 % confía en las noticias que ve en redes sociales, y apenas el 20 % en las que recibe de chatbots de inteligencia artificial. Es decir, se consume más a través de los canales en que menos se confía.

De la desconfianza al repliegue

Si el Instituto Reuters mide la confianza en las noticias, el Edelman Trust Barometer 2026 mide algo más amplio. En su encuesta a casi 34.000 personas en 28 países, la empresa de comunicación Edelman concluyó que el malestar de los últimos años derivó en lo que llama "insularidad": el repliegue hacia círculos cerrados de confianza. El 70 % de los encuestados dice que no está dispuesto, o duda, a confiar en alguien cuyos valores, hechos o antecedentes difieren de los suyos. Y solo el 32 % cree que la próxima generación vivirá mejor.

Una advertencia sobre la fuente: Edelman es una consultora de relaciones públicas y sus conclusiones apuntan a que las empresas, como empleadores, deben ocupar el papel de "mediadoras de confianza". Es una recomendación con interés comercial evidente. Pero los datos descriptivos, es decir, cuántos desconfían y de quién, merecen atención con independencia de esa conclusión.

Dentro de ese estudio hay un dato que conecta con otros temas de este blog: la brecha entre quienes ganan más y menos. Las personas de menores ingresos ven a las instituciones, en promedio, 18 puntos menos competentes y 15 menos éticas que quienes tienen ingresos altos. Y cuando se pregunta qué hechos de los últimos cinco años afectaron más la confianza, la inflación encabeza la lista, con el 54 %, seguida de la desinformación (50 %) y la pandemia (43 %). Es una pista de que la desconfianza no nace solo del contenido de las noticias, sino también de la experiencia material, algo que desarrollamos en el análisis de salarios reales y costo de vida. Esta conexión es una interpretación propia, no una conclusión de los estudios.

Por qué desconfiar cansa

Cuando la confianza se debilita, no desaparece la necesidad de decidir: cada elección exige verificar lo que antes se daba por cierto. Y verificar cuesta tiempo y energía. En cuando decidir cansa y en vivir informados, decidir desorientados exploramos esa carga: tener más datos no equivale a saber más, y decidir sin una base compartida es agotador.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han sostiene, en La sociedad de la transparencia, que la exigencia de transparencia total es en realidad un síntoma de que la confianza ya se perdió: se pide control porque no se confía. Es una idea provocadora, y conviene leerla como una tesis filosófica, no como un dato. Pero ayuda a explicar por qué más información no devuelve la confianza: puede incluso erosionarla.

Aparece entonces la actitud que se vuelve defensiva. La ironía y el cinismo funcionan como escudo: si nada es creíble, nada puede decepcionar. Es el tema de ironía, cinismo y distancia. Y cuando todo se convierte en posición, en discurso, se erosiona la base común sobre la que se discute, algo que tratamos en cuando todo es discurso y en la pérdida del relato común.

Cuando la información se vuelve opinión

Hay un riesgo adicional en esta dinámica. Si cada grupo desconfía de las fuentes de los otros, la información deja de funcionar como un terreno compartido y se convierte en un arma de identidad: se acepta lo que confirma la propia posición y se descarta lo demás. De ahí las opiniones fuertes y convicciones frágiles: posturas firmes que descansan en datos que nadie comprobó.

Un dato de contexto: según un análisis de Edelman sobre los Emiratos Árabes, la confianza ya no es automática ni general, sino que depende cada vez más de la experiencia personal. Dicho de otro modo, se confía en lo cercano: la familia, el empleador, el grupo de pertenencia. Es comprensible, pero tiene un límite. Las sociedades necesitan que se confíe, al menos en parte, en lo que no se ve ni se conoce de primera mano.

Reconstruir sin ingenuidad

Desconfiar no siempre es irracional. A menudo es una respuesta razonable a instituciones que fallaron, a datos manipulados o a promesas incumplidas. El problema no es el escepticismo, sino el repliegue: pasar de preguntar "¿es verdad?" a preguntar "¿es de los míos?".

Si algo puede hacerse, empieza por prácticas pequeñas y verificables: citar las fuentes, distinguir los hechos de las interpretaciones, reconocer lo que no se sabe. Es lo que intentamos hacer en cada artículo de este blog, que termina con sus fuentes para que quien lo lea pueda comprobarlas, discutirlas o rechazarlas. No se trata de pedir fe, sino de ofrecer lo contrario: la posibilidad de verificar.

Porque la confianza no se exige; se gana, y se gana mostrando el trabajo. En una época de información abundante y confianza escasa, quizá la tarea más útil sea esa: volver a hacer visibles las razones.

Fuentes