Billetera apretada con una prensa




 

Cuando una generación deja de esperar que su vida sea mejor que la de sus padres, la economía cambia sin que ningún indicador lo registre. Las encuestas muestran que esa expectativa se está erosionando: en Reino Unido, los jóvenes que esperan vivir mejor que sus padres pasaron del 63 % al 36 % en un año. Y bajar las expectativas puede ser una respuesta racional, no un defecto de carácter.

La economía suele medirse con datos de lo que ya pasó: producción, empleo, precios. Pero las decisiones de las personas, como estudiar, ahorrar, endeudarse o arriesgarse a emprender, dependen de lo que esperan que pase. Y las expectativas, que casi no figuran en las estadísticas oficiales, están cambiando.

Lo que muestran las encuestas

Los datos de distintos países apuntan en la misma dirección, aunque con matices. En una encuesta de mayo de 2026 en Reino Unido a jóvenes de 16 a 29 años, el 63 % se mostraba optimista sobre su futuro personal, pero la proporción de quienes esperaban un nivel de vida mejor que el de sus padres cayó del 63 % en 2025 al 36 % en 2026. La preocupación principal, citada por el 39 %, fue la inflación y el costo de vida.

En Estados Unidos, un estudio de Gallup señala que el 59,2 % de los adultos espera tener una vida de alta calidad dentro de cinco años, el nivel más bajo en casi dos décadas, según un resumen publicado en abril de 2026. Y el Pew Research Center, en su encuesta global de 2024, encontró que una mediana de más de la mitad de los adultos de los países encuestados cree que los niños de su país estarán peor económicamente que sus padres. Según Pew, quienes ven la desigualdad como un problema grave son más propensos a esa creencia.

Edelman, en su estudio de 2026, llegó a una cifra parecida: solo el 32 % cree que la próxima generación vivirá mejor, como vimos en la confianza en retroceso. Hay que tomar estas cifras con prudencia, porque las preguntas, las muestras y los países difieren, y no todas las encuestas coinciden: otros sondeos más antiguos mostraban un optimismo mayor. Pero la tendencia reciente es consistente.

Bajar expectativas como estrategia

Aquí aparece la idea central de este análisis: aceptar menos puede ser una respuesta racional. Cuando los contratos son frágiles, los ingresos imprevisibles y los costos fijos rígidos, apostar a mejorar es arriesgado, mientras que protegerse es prudente. Una encuesta de la que da cuenta la prensa financiera estadounidense indica que más del 70 % de los jóvenes y millennials se encuentra en un estado de "gasto de supervivencia", con la riqueza fuera de alcance.

Esa prudencia se traduce en conductas concretas: aceptar trabajos "mientras tanto" que se vuelven permanentes, contener el consumo aun con ingresos, postergar proyectos o rechazar el endeudamiento. No es resignación ingenua: es adaptación a un entorno donde el esfuerzo ya no garantiza la recompensa, algo que analizamos en el ascensor social trabado. Esta lectura de las conductas es una interpretación propia, no una conclusión de las encuestas.

Por qué las expectativas son una variable económica

Las expectativas orientan la conducta colectiva. Una sociedad que espera mejorar invierte, estudia, se arriesga y se endeuda para crecer. Una que espera apenas sostenerse ahorra por precaución, evita riesgos y posterga decisiones. Ninguna de las dos actitudes es irracional, pero el resultado agregado es distinto: con expectativas bajas, la economía se orienta a contener más que a impulsar.

Esto conecta con la brecha entre lo que se produce y lo que se cobra, que vimos en productividad récord, salarios que no acompañan, y con los precios que suben más que los ingresos, como en salarios reales y costo de vida. Cuando la experiencia material no acompaña a la promesa, la promesa pierde credibilidad.

El costo: menos riesgo, menos imaginación

La contracara de la prudencia es la parálisis. Una sociedad con expectativas bajas arriesga menos, innova menos y proyecta menos. La vida se organiza alrededor del "mientras tanto", un estado que describimos en la cultura del mientras tanto y en la sensación de estancamiento. Y las decisiones vitales, como tener hijos, comprar una vivienda o cambiar de carrera, se aplazan.

Esta consecuencia colectiva no aparece en los indicadores habituales, pero se acumula. Es lo que hace que una economía pueda crecer en cifras y, al mismo tiempo, sentirse estancada.

¿Se pueden recuperar las expectativas?

Las expectativas no se revierten con discursos motivacionales. Se sostienen en experiencias: salarios que alcanzan, empleos con protección, caminos de progreso creíbles. La encuesta británica citada vincula la caída directamente con las preocupaciones financieras de los jóvenes, no con un cambio de ánimo. Es decir, si las condiciones materiales mejoran, es plausible que las expectativas las acompañen; si no, el optimismo exigido por el discurso público suena vacío.

Pero tampoco conviene idealizar el pasado. Las expectativas altas de generaciones anteriores se apoyaron en condiciones particulares de crecimiento y protección que no estuvieron disponibles para todos, ni en todos los países. Lo que cambia hoy es la distancia entre lo que se promete y lo que se experimenta.

Una economía que ya no promete

La economía de la expectativa baja no estalla ni genera crisis visibles. Se manifiesta como una acumulación de decisiones prudentes que, sumadas, achican el horizonte. Reconocerla permite plantear la pregunta correcta: no solo cuánto crece la economía, sino cuánto de ese crecimiento se traduce en motivos creíbles para esperar un futuro mejor. Porque cuando nadie espera demasiado, el sistema ya no se mueve por lo que promete, sino por lo que teme.

Fuentes