Vendedor ofreciendo sus productos en puesto callejero




 Se repite que nueve de cada diez emprendimientos fracasan. Los datos oficiales de Estados Unidos dicen otra cosa: cerca de la mitad sobrevive cinco años. Pero hay una cifra más incómoda que el mito: en los países donde casi no hay empleo formal, se emprende más, y muchas veces no por elección.

La figura del emprendedor ocupa un lugar especial en el imaginario contemporáneo: la persona que renuncia a un empleo, apuesta por una idea y construye algo propio. Es una historia atractiva, y tiene su contracara, que es una advertencia igual de popular: "el 90 % de los negocios fracasa". Pero ninguna de las dos imágenes describe bien lo que pasa. Para entenderlo, hay que mirar los números y, sobre todo, las razones por las que la gente emprende.

El mito del 90 %

La cifra del 90 % circula en medios de negocios sin una fuente clara. Según análisis que recopilan los datos de la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos (BLS), que sigue a cada generación de establecimientos desde que abren, la realidad es menos dramática. Entre el 20 % y el 22 % de los establecimientos nuevos cierra durante su primer año. En torno a la mitad llega al quinto año (49 % a 51 %, según la generación que se mida), y alrededor de un tercio sigue abierto al décimo (34 % a 35 %).

Según algunos análisis, la cifra del 90 % solo se ajusta a las empresas emergentes con aspiraciones de crecimiento muy rápido y financiadas con capital de riesgo, que son un grupo pequeño. Para el comercio, la gastronomía o los servicios de barrio, que son la mayoría de los emprendimientos, el panorama es otro.

Cerrar no siempre es fracasar

Hay además una distinción que casi nunca aparece. El BLS mide establecimientos, es decir, locales con personal, y registra cuándo dejan de operar. Pero cerrar un negocio no es lo mismo que fracasar. Un establecimiento puede cerrar porque su dueño lo vendió, porque se jubiló, porque fusionó el negocio con otro, porque encontró un empleo mejor o porque decidió cambiar de rumbo. Las estadísticas de cierre no distinguen entre estas razones.

Esto no significa que los cierres sean inocuos. Muchos implican pérdidas reales de dinero, de tiempo y de ahorros. Pero sí obliga a ser prudente con la palabra "fracaso", que suele cargar la culpa en la persona, cuando buena parte de lo que ocurre depende de condiciones ajenas.

Emprender por oportunidad y emprender por necesidad

La diferencia más importante está en el motivo. El Global Entrepreneurship Monitor (GEM), el estudio más amplio sobre el tema, distingue entre quienes emprenden porque ven una oportunidad y quienes lo hacen porque no encuentran otra forma de generar ingresos. Su informe 2025/2026, con datos de 53 economías y más de 160.000 entrevistas, registra una actividad emprendedora récord en el mundo. Pero advierte sobre una "brecha de supervivencia": muy pocas empresas jóvenes logran convertirse en negocios establecidos.

El caso de Ecuador muestra por qué la distinción importa. Según el GEM 2025, tiene una tasa de actividad emprendedora temprana de 29,6 %, la más alta de América Latina y la segunda del mundo, detrás de Angola (52,9 %). Es decir, casi tres de cada diez adultos están iniciando o dirigiendo un negocio nuevo. Pero el mismo informe señala que el 50,4 % de los negocios nace por necesidad ante la falta de empleo formal, y que muchos tienen pocas posibilidades de crecer.

Dicho de otro modo, una tasa de emprendimiento alta no es necesariamente una buena noticia. A veces es el síntoma de un mercado laboral que no ofrece alternativas. Las diferencias de género lo confirman: según el GEM, a nivel mundial el 27 % de las mujeres emprende por necesidad, frente al 21,8 % de los hombres.

La conexión con el empleo informal

Esto conecta con lo que vimos en el análisis sobre el empleo informal: en Paraguay, el 61,6 % de los ocupados no agropecuarios trabaja sin aportar a un seguro social. Cuando el empleo formal escasea, la ocupación por cuenta propia pasa a ser una vía de subsistencia. Y quien emprende sin red, como describimos en ingresos inestables y gastos fijos, absorbe él solo el riesgo de que el negocio no funcione. Esta conexión entre ambos fenómenos es una lectura propia a partir de los datos, no una conclusión de los estudios citados.

Lo que determina quién sobrevive

Si el fracaso no se explica solo por la falta de talento o de esfuerzo, ¿qué pesa más? Los datos sugieren algunos factores estructurales. Uno es el sector: según los análisis de la BLS, el sector de la información, donde están las empresas de software, tiene la peor supervivencia, con apenas el 29 % de los negocios abiertos a los diez años. Otro es el acceso a herramientas: el GEM señala una "brecha de preparación frente a la IA", que separa a los emprendedores con acceso a inteligencia artificial de los que no lo tienen.

Y hay factores que dependen de la forma en que se organiza el negocio, y que el emprendedor sí puede trabajar. Depender de uno solo o de pocos clientes es una fragilidad, un tema que desarrollamos en clientes y dependencia económica. Combinar varias fuentes de ingreso reduce el riesgo, como vimos en ingresos múltiples y estabilidad. Y apoyarse en una sola plataforma para llegar a los clientes crea otra dependencia, que analizamos en plataformas y dependencia.

La épica y sus costos

La narrativa del emprendedor heroico tiene un efecto secundario: convierte un problema estructural en una cuestión de carácter. Si el negocio funciona, es mérito personal; si no, es falta de convicción. Es la crítica que hicimos en trabajar por cuenta propia sin épica y en ser tu propio jefe: la libertad de organizar el propio tiempo existe, pero llega con costos que no siempre se cuentan.

Esto no significa que emprender no valga la pena. Hay quienes encuentran en ello una forma de trabajo con sentido y autonomía. De eso trata cuándo emprender tiene sentido, y cuándo no. Significa que la decisión conviene tomarla con los datos a la vista: por qué se emprende, con qué colchón, con qué red y con qué alternativas.

Una pregunta mejor

La pregunta habitual es si el emprendimiento va a funcionar. Quizá sea más útil preguntar qué pasa si no funciona: ¿se puede volver a un empleo?, ¿hay ahorros?, ¿existe un seguro de salud o un aporte jubilatorio que no dependa del negocio? La respuesta cambia mucho de un país a otro, y de una persona a otra.

Porque, a fin de cuentas, el fracaso de un negocio no es lo más grave que puede ocurrir. Lo más grave es que no haya una forma de recuperarse. Y esa es una condición que ningún emprendedor, por tenaz que sea, puede construir solo.

Fuentes