Durante siglos, la experiencia humana fue mayormente directa: ver, oír, decidir, desplazarse, comparar.
Hoy, gran parte de esa experiencia ocurre a través de sistemas que median entre la persona y el mundo.
No es un cambio abrupto ni dramático. Es gradual, funcional y, por eso mismo, profundo.
La mediación como forma de vida
Aplicaciones, plataformas, interfaces y algoritmos no solo facilitan acciones: intermedian la relación con la realidad.
Ya no buscamos información, la recibimos.
Ya no exploramos opciones, nos las sugieren.
Ya no evaluamos recorridos, seguimos indicaciones.
La experiencia no desaparece, pero deja de ser directa. Se vuelve*procesada.
Cuando el sistema interpreta antes que nosotros
Uno de los rasgos centrales de esta mediación es que el sistema interpreta primero:
* clasifica,
* ordena,
* prioriza,
* descarta.
El usuario accede a una versión filtrada del mundo, diseñada para ser eficiente, relevante y rápida. El costo es sutil: dejamos de ver lo que queda fuera del filtro.
De usuarios activos a operadores de interfaces
La vida cotidiana se reorganiza alrededor de interfaces:
* deslizar,
* aceptar,
* confirmar,
* continuar.
No tomamos grandes decisiones, sino microacciones continuas. El sistema hace el trabajo pesado; la persona ejecuta.
Esto no implica pasividad total, pero sí una reducción del margen de exploración.
La pérdida del rodeo
Explorar implica perder tiempo, equivocarse, comparar sin saber qué se busca. Los sistemas eliminan ese rodeo en nombre de la eficiencia.
El problema es que el rodeo también era aprendizaje.
Cuando todo está optimizado, la experiencia se empobrece, aunque resulte más cómoda.
Dependencia sin dramatismo
No se trata de adicción ni de dominación. Se trata de dependencia funcional: sin sistemas, muchas actividades cotidianas se vuelven difíciles o impracticables.
No porque no sepamos hacerlas, sino porque dejamos de practicarlas.
Experiencia mediada, criterio debilitado
Cuanto más mediada es la experiencia, menos oportunidades hay de ejercitar el criterio propio. No porque esté prohibido, sino porque no es necesario.
El sistema decide “bien” la mayoría de las veces. Y eso alcanza para que confiemos.
Conclusión: eficiencia sin contacto
Vivir mediado por sistemas no es un error ni una conspiración. Es la consecuencia lógica de un entorno diseñado para reducir fricción.
La pregunta no es si podemos prescindir de esta mediación, sino qué estamos dejando de experimentar cuando todo llega filtrado, ordenado y anticipado.

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