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El prestigio en retirada: por qué ya nadie admira lo mismo

 

Imahen de un curriculum sobre una mesa, con una taza de café al lado, esperando.



Durante mucho tiempo, el prestigio funcionó como un organizador silencioso de la vida social. No era solo reconocimiento: era una brújula. 

Indicaba qué valía la pena aprender, a quién escuchar, qué trayectorias merecían respeto. Hoy esa brújula parece desorientada.

No es que el prestigio haya desaparecido, sino que perdió estabilidad. Lo admirable ya no es evidente, duradero ni compartido. 

Lo que ayer otorgaba estatus hoy puede resultar irrelevante, sospechoso o incluso ridículo. Vivimos una época donde el prestigio se fragmenta, se acelera y se vuelve profundamente disputado.



Cuando el prestigio deja de ser un consenso


En sociedades anteriores, el prestigio se apoyaba en acuerdos relativamente amplios: ciertas profesiones, saberes o recorridos gozaban de reconocimiento transversal. No todos los compartían, pero existía una base común.

Hoy ese consenso se quebró. El prestigio ya no es colectivo, sino segmentado. Cada grupo, comunidad o burbuja simbólica construye sus propias figuras admirables, muchas veces incompatibles entre sí.

Lo que para unos representa éxito, para otros es irrelevante. Lo que algunos veneran, otros desprecian. El prestigio deja de unir y empieza a dividir.



La aceleración del reconocimiento


Otro rasgo clave es la velocidad. El prestigio contemporáneo es rápido y frágil. Se obtiene pronto y se pierde con la misma facilidad. La admiración ya no se construye lentamente; aparece de golpe y se evapora sin dejar huella.

Esta aceleración modifica su significado. El prestigio deja de ser resultado de una trayectoria y se convierte en un evento.

 Importa menos el recorrido que el impacto inmediato. Menos la consistencia, más la visibilidad. En este contexto, sostener prestigio es más difícil que alcanzarlo.



Prestigio sin autoridad


Tradicionalmente, el prestigio estaba ligado a la autoridad simbólica: quien era admirado tenía algo que decir y era escuchado. Hoy esa relación se debilita.

Es posible tener visibilidad sin autoridad, reconocimiento sin influencia real, prestigio momentáneo sin capacidad de orientar. La admiración ya no garantiza escucha prolongada ni confianza duradera.

Esto genera una paradoja cultural: figuras altamente reconocidas pero débilmente creíbles, admiradas más por su exposición que por su aporte.



El descrédito como clima cultural


La retirada del prestigio también se explica por un clima general de sospecha. Las figuras admirables del pasado hoy se revisan, se cuestionan o se desmitifican. 

Este proceso tiene aspectos saludables, pero también produce un efecto colateral: la dificultad para reconocer valor sin ironía.

La admiración se vuelve incómoda. Reconocer a alguien como referente parece ingenuo. El cinismo funciona como defensa cultural frente a la decepción.

Así, no solo se erosiona el prestigio tradicional; también se dificulta la construcción de nuevos referentes estables.



Cuando todo vale, nada orienta


La pluralidad de criterios no es el problema. El problema aparece cuando ningún criterio logra sostenerse. Si todo puede ser admirable, entonces nada orienta realmente.

El prestigio pierde su función estructurante. Ya no ordena aspiraciones ni jerarquiza saberes. 

Cada individuo debe construir su propio sistema de admiración, sin marcos compartidos que lo respalden. Esto no libera necesariamente; muchas veces desorienta.



El costo cultural de no admirar


Una cultura que no logra sostener figuras admirables pierde algo más que ídolos: pierde referencias. Sin referentes, el aprendizaje se vuelve errático, la transmisión cultural se debilita y la experiencia colectiva se fragmenta.

No se trata de volver a jerarquías rígidas ni a autoridades incuestionables, sino de reconocer que admirar también es una forma de orientarse en el mundo.

Cuando ya nadie admira lo mismo, no solo cambia el prestigio: cambia la forma en que se construye sentido.



Conclusión


La retirada del prestigio no implica una cultura más igualitaria, sino una cultura más inestable. 

Sin acuerdos mínimos sobre lo valioso, la admiración se vuelve episódica y la orientación simbólica se debilita.

Quizás el desafío no sea recuperar viejos prestigios, sino reconstruir la capacidad colectiva de reconocer valor sin cinismo y sin ingenuidad.






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