Imagen de un grupo de personas de diferentes culturas

 






El pasado no está quieto. Cada sociedad lo reescribe, lo selecciona y lo enseña según lo que necesita ser en el presente. Paraguay lo hizo con sus héroes, India lo discute en sus manuales escolares e Irlanda intentó recordar sin reabrir viejas heridas. Tres casos, una misma pregunta: ¿quién decide qué recordamos?

Solemos pensar la memoria como un archivo: algo que está ahí, completo, esperando a ser consultado. Los estudios sobre el tema sostienen lo contrario. El sociólogo francés Maurice Halbwachs propuso, a comienzos del siglo XX, que la memoria es siempre colectiva: se construye dentro de grupos sociales y depende de cómo esos grupos se ven a sí mismos. Décadas después, el historiador Pierre Nora habló de los "lugares de memoria": monumentos, fechas, manuales y ceremonias donde una comunidad fija la versión de su pasado que quiere conservar.

Esto quiere decir que recordar es, en parte, una decisión. Y toda decisión tiene autores, intereses y consecuencias. Esta es la razón por la que la historia puede convertirse en un terreno de disputa. Los tres casos que siguen muestran tres formas distintas de hacerlo.

Paraguay: el héroe y la escuela

La Guerra de la Triple Alianza (1864-1870) es el hecho fundacional de la memoria paraguaya. Según la historiadora Liliana Brezzo, la forma en que se la recuerda pasó por varias etapas: un proceso de heroificación de Francisco Solano López entre 1870 y 1936, una redefinición de la memoria nacional después de la Guerra del Chaco, un movimiento revisionista en la década de 1960 y, tras la democratización de 1989, una "nueva historiografía" más crítica.

Esa tensión llegó a la escuela. Un estudio de Carolina Alegre Benítez analizó manuales escolares paraguayos entre 1989 y 2020 y encontró una pugna entre dos objetivos de la enseñanza de la historia: uno romántico, de fines identitarios, y otro ilustrado, de fines críticos. Su conclusión es que las representaciones dominantes de la guerra funcionan como una pieza que configura la identidad nacional. Es decir, lo que se enseña sobre la guerra no es solo información sobre el pasado: es una manera de decir quiénes somos.

India: qué entra y qué sale del libro de texto

En India, la disputa se da en torno a los libros de texto. En 2023, el Consejo Nacional de Investigación y Capacitación Educativa (NCERT) eliminó de sus manuales capítulos como el de las cortes mogolas, en un proceso que llamó "racionalización del currículo", y que justificó por contenidos superpuestos o irrelevantes. Más de 200 académicos e historiadores de universidades de India y del exterior firmaron una declaración en contra: señalaron que no se consultó a los equipos que habían elaborado los textos y que los capítulos suprimidos eran justamente los que no encajaban con cierta visión oficial.

La historiadora Romila Thapar volvió sobre el tema en enero de 2026: dijo que quitar dinastías enteras rompe la continuidad de la historia y que conviene distinguir entre la historia popular y la que escriben los historiadores profesionales. Del otro lado, voces del oficialismo, como el ministro Amit Shah, sostienen que los historiadores dieron demasiada prominencia a los mogoles y dejaron de lado a imperios como los Pandya, Maurya, Gupta o Ahom, aunque también afirmó que no debería eliminarse la contribución de nadie.

No hace falta tomar partido para ver el mecanismo. Lo que está en juego no es solo qué pasó, sino qué se les cuenta a millones de estudiantes y quién tiene la autoridad para decidirlo. Es un conflicto en el que ambos bandos invocan la corrección de una historia que sienten incompleta.

Irlanda: recordar sin reabrir la herida

Irlanda ofrece un modelo opuesto. Entre 2012 y 2023, el Estado irlandés conmemoró los cien años de sucesos decisivos y a menudo violentos de su historia moderna, como la independencia, la guerra civil y la partición de la isla. Para hacerlo sin reavivar viejos conflictos, creó un grupo asesor de historiadores profesionales, con principios explícitos: las conmemoraciones debían ser inclusivas, respetuosas y no partidistas, y no ignorar las diferencias y divisiones, sino reconocer perspectivas distintas. Su meta declarada era ampliar las simpatías, y la reconciliación fue el eje del programa.

Un análisis publicado en 2023 destaca el resultado: incluso antiguos adversarios políticos, cuyos antepasados se habían ejecutado y asesinado entre sí un siglo antes, pudieron unirse en un proyecto de conmemoración inclusivo, orientado por expertos. No es un modelo sin críticas, pero muestra que existe otra forma de abordar el pasado: darle un lugar a la disputa en lugar de resolverla por decreto.

Tres modelos, un mismo problema

Los tres casos permiten distinguir tres maneras de manejar el pasado en común. En Paraguay, la memoria se construyó alrededor de una figura heroica y de un relato identitario que luego fue cuestionado. En India, el conflicto se concentra en la selección de lo que se enseña. En Irlanda, el Estado optó por un proceso guiado por historiadores y con reglas explícitas de pluralidad.

La diferencia relevante no está en cuál versión del pasado es verdadera. Está en tres preguntas sobre el proceso: quién decide, a quién se consulta y si el desacuerdo se muestra o se oculta. Un pasado sin disputas no es necesariamente un pasado sano, y uno en permanente disputa tampoco lo es. Lo que importa es cómo se discute.

Por qué esto es un asunto de hoy

La memoria compartida funciona como un pegamento social: una comunidad que no coincide en nada sobre su pasado tiene más dificultades para coincidir en su futuro. Es el tema que exploramos en la pérdida del relato común. Y cuando cada grupo cuenta su propia versión y desconfía de la de los demás, el terreno es el mismo que describimos en la confianza en retroceso y en cuando todo es discurso.

También hay un vínculo con el ritmo de nuestra época. Una cultura de lo inmediato, como la que analizamos en la cultura de la inmediatez, tiene poca paciencia para la memoria: recordar bien exige tiempo, contraste de fuentes y tolerancia a la complejidad. Esta es una lectura propia, no una conclusión de los estudios citados.

Recordar con las razones a la vista

Si el pasado siempre se selecciona, la salida no puede ser fingir que existe una versión neutral. Pero sí puede exigirse que la selección sea transparente: que se diga quién eligió qué, con qué fuentes y con qué criterios, y que se admita lo que queda fuera. Ese es un modo de tratar el pasado con seriedad sin convertirlo en un arma.

Quizá sea esa la medida de una cultura madura: no la que logra un recuerdo único, sino la que puede sostener varios sin que se rompa lo común.


Fuentes