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El trabajo como costo y no como proyecto: el cambio silencioso de sentido

 

Oficinista sosteniendo dos papeles en su escritorio



Durante gran parte del siglo XX, el trabajo fue algo más que una fuente de ingresos. Funcionó como eje organizador de la vida: daba identidad, estructuraba el tiempo, permitía proyectar un futuro y ofrecía, con mayor o menor solidez, una promesa de progreso. 

Trabajar no era solo producir; era construir una trayectoria. Ese sentido se está erosionando. 

Sin estridencias ni rupturas visibles, el trabajo dejó de ser pensado como proyecto y pasó a ser gestionado, cada vez más, como un costo que hay que minimizar: para las empresas, para los Estados y, de manera creciente, para las propias personas.



Del trabajo-proyecto al trabajo-gasto


El cambio no ocurrió de un día para otro. Fue el resultado de una serie de transformaciones acumuladas:

↪ Globalización productiva: deslocalización, competencia salarial entre territorios y presión permanente sobre los costos laborales.

↪ Finanzas y eficiencia: empresas orientadas al corto plazo, donde el empleo estable dejó de ser un activo y pasó a ser una rigidez.

Tecnología y automatización: no como reemplazo total del trabajo, sino como herramienta para fragmentarlo, medirlo y ajustarlo.

En ese contexto, el trabajo dejó de pensarse como inversión a largo plazo y empezó a tratarse como **variable flexible**. Se contrata cuando hace falta, se reduce cuando estorba, se externaliza cuando conviene.



Ejemplos de un cambio progresivo


En los años de industrialización, muchas empresas asumían que formar trabajadores, retenerlos y ofrecerles estabilidad tenía sentido económico y social. El empleo estable era parte del modelo productivo.

Décadas después, ese razonamiento se invirtió:

 En el sector privado, **la rotación dejó de ser un problema** y pasó a ser una estrategia.

↪ En el sector público, el empleo dejó de expandirse como amortiguador social.

 En el trabajo independiente y por plataformas, el vínculo laboral se disolvió en contratos, tareas y métricas.

El mensaje implícito es claro: no hay promesa, solo intercambio inmediato. Tiempo por dinero. Servicio por pago. Nada más.



Cuando el trabajador internaliza la lógica del costo


Lo más profundo del cambio no está solo en las empresas, sino en cómo las personas redefinen su relación con el trabajo.

Cada vez más, trabajar se vive como:

↪ algo que hay que soportar

↪ algo que consume energía sin devolver sentido

↪ algo que debe “rendir” rápido, aunque no construya nada

El trabajo deja de ser una fuente de identidad y pasa a ser un gasto personal: de tiempo, de salud, de atención, de vida social. Ya no se pregunta “¿qué proyecto estoy construyendo?”, sino “¿cuánto me cuesta seguir haciendo esto?”.



Productividad sin horizonte


Paradójicamente, este cambio ocurre en un contexto de **altos niveles de productividad**. Se produce más, más rápido y con menos personas. Sin embargo, ese aumento no se traduce en mayor estabilidad ni en trayectorias claras.

El resultado es una tensión estructural:

↪ más exigencia

 menos previsibilidad

 más presión individual para adaptarse

El trabajo sigue ocupando muchas horas, pero organiza cada vez menos la vida.



El impacto social del trabajo sin proyecto


Cuando el trabajo deja de ofrecer horizonte, aparecen efectos que van más allá de lo económico:

↪ dificultad para planificar el futuro

↪ postergación de decisiones vitales

↪ sensación de estancamiento incluso con empleo

↪ desgaste silencioso

No se trata solo de salarios. Se trata de sentido. Y el sentido no se reemplaza con flexibilidad ni con discursos motivacionales.

Cuando el trabajo deja de ser un proyecto, no desaparece: se vuelve un costo que cada persona aprende a administrar como puede.



Conclusión: trabajar sin promesa


El problema no es que el trabajo haya perdido centralidad moral. El problema es que sigue siendo central en tiempo y esfuerzo, pero ya no devuelve orientación ni futuro.

Este desplazamiento, del trabajo como proyecto al trabajo como costo, es uno de los cambios más silenciosos y decisivos de la economía actual. No genera titulares, pero redefine cómo se vive, cómo se decide y cómo se espera.

Entenderlo no resuelve el problema, pero permite nombrar una experiencia compartida: trabajar mucho sin sentir que se está construyendo algo propio.








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