Oficinista sosteniendo dos papeles en su escritorio

 




Para muchos trabajadores, el empleo dejó de ser un camino y pasó a ser un gasto: de tiempo, de energía, de salud. Los números lo reflejan: según Gallup, solo el 20 % de los empleados del mundo está comprometido con su trabajo y el 40 % sintió mucho estrés el día anterior. El cambio de sentido no aparece en las estadísticas de empleo, pero se vive todos los días.

Durante buena parte del siglo XX, trabajar significó algo más que cobrar. El empleo daba identidad, organizaba el tiempo y ofrecía una promesa de progreso. Hoy, para muchas personas, la pregunta ya no es qué proyecto están construyendo con su trabajo, sino cuánto les cuesta seguir haciéndolo.

Lo que dicen los números del compromiso

El informe State of the Global Workplace 2026, de Gallup, con datos de 2025, ofrece una medida indirecta de ese cambio. Solo el 20 % de los empleados del mundo está comprometido con su trabajo, la cifra más baja desde 2020. Apenas el 34 % dice que su vida va bien, es decir, que "prospera". Y el 40 % reportó haber sentido mucho estrés el día anterior. Gallup estima que la falta de compromiso y el malestar cuestan a la economía mundial unos 10 billones de dólares, una cifra que es una estimación de la propia consultora y conviene leer con cautela.

Estos datos no prueban que el trabajo haya "perdido sentido", porque miden compromiso y bienestar, no sentido. Pero son coherentes con la idea: si cuatro de cada cinco empleados no están comprometidos, es probable que para muchos el empleo sea un medio para ganarse la vida y poco más.

Cómo cambió la lógica de las empresas

Del lado de las organizaciones, el cambio se describe con una idea simple: el trabajo pasó de tratarse como una inversión a verse como una variable flexible. Se contrata cuando hace falta, se reduce cuando estorba y se externaliza cuando conviene. La rotación, que antes se veía como un problema, pasó a ser en algunos casos una estrategia. Este diagnóstico, que es una lectura de tendencias más que un dato medido, tiene correlatos que sí se pueden observar: el crecimiento del trabajo por plataformas, donde el vínculo se disuelve en tareas y métricas, como analizamos en plataformas digitales y dependencia, y el trabajo por cuenta propia, donde el riesgo recae en la persona, como en ingresos inestables y gastos fijos.

La tecnología agrega otra capa. No siempre reemplaza al trabajo, pero sí lo mide, lo fragmenta y lo ajusta, un fenómeno que vimos en la puerta que se cierra y en reajuste silencioso.

Cuando la persona internaliza la lógica del costo

Lo más profundo del cambio ocurre en cómo se vive el trabajo. Si la empresa lo trata como un costo, el trabajador tiende a hacer lo mismo con su propio esfuerzo: algo que consume energía y que debe rendir pronto. Se deja de preguntar "¿qué estoy construyendo?" y se empieza a preguntar "¿cuánto me cuesta seguir?".

El tiempo es parte de esa cuenta. Jornadas largas, disponibilidad permanente y presión constante pesan en la salud, un tema que desarrollamos en el tiempo como moneda. Un estudio de la OMS y la OIT estimó que trabajar 55 horas o más por semana se asocia con un 35 % más de riesgo de accidente cerebrovascular, y que el 9 % de la población mundial trabaja esas horas. El costo del trabajo no es solo una metáfora.

Productividad sin horizonte

Hay una paradoja detrás: ocurre en una época de alta productividad. Se produce más con menos personas, pero ese aumento no se traduce necesariamente en estabilidad ni en trayectorias claras, como vimos en productividad récord, salarios que no acompañan. Según la OIT, en los países de ingresos altos la productividad creció 29 % entre 1999 y 2024 y los salarios reales, 15 %. Más exigencia, menos previsibilidad y más presión individual para adaptarse.

El efecto más allá del salario

Cuando el trabajo deja de ofrecer horizonte, los efectos van más allá de lo económico: dificultad para planificar, postergación de decisiones vitales y una sensación de estancamiento incluso con empleo. Es lo que exploramos en el trabajo ya no organiza la vida y en la sensación de estancamiento. No se trata solo de cuánto se gana, sino de qué se puede construir con lo que se gana.

Una salvedad: no todos viven el trabajo como costo

Conviene no generalizar. Hay personas que encuentran en su trabajo identidad, autonomía y sentido, como muestra el estudio de Gallup sobre trabajadores independientes que analizamos en ser tu propio jefe: el 57 % está totalmente de acuerdo en que tiene libertad para decidir cómo trabaja, frente al 26 % de los empleados. El trabajo como costo es una tendencia, no una condición universal, y depende mucho de las condiciones concretas de cada empleo.

Trabajar sin promesa

El problema no es que el trabajo haya perdido su lugar. Sigue ocupando buena parte del tiempo y la energía de las personas. El problema es que ya no devuelve, para muchos, orientación ni futuro. Entenderlo no lo resuelve, pero permite nombrar una experiencia compartida: trabajar mucho sin sentir que se está construyendo algo propio. Y nombrarla es el primer paso para discutir qué tendría que cambiar, en las empresas y en las políticas públicas, para que el trabajo vuelva a ser algo más que un costo.

Fuentes