Las economías producen más por hora trabajada que hace veinticinco años, pero los salarios no crecieron al mismo ritmo. Según la OIT, en los países de ingresos altos la productividad aumentó 29 % entre 1999 y 2024, mientras que los salarios reales subieron 15 %. La diferencia es una de las claves para entender por qué tantas personas sienten que trabajan más y avanzan menos.
Una de las promesas implícitas del crecimiento económico es que, si el trabajo produce más, quienes trabajan ganan más. Durante buena parte del siglo XX, esa promesa se cumplió en muchos países. Hoy la relación parece rota, y los datos permiten ver cuánto. Pero también permiten ver los matices, porque la historia no es solo una de estancamiento.
La brecha: 29 % frente a 15 %
El Informe Mundial sobre Salarios 2024-25 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) compara dos curvas. En los países de ingresos altos, la productividad laboral, es decir, lo que se produce por hora de trabajo, creció 29 % entre 1999 y 2024. Los salarios reales, ajustados por inflación, crecieron 15 %. La confederación sindical internacional ITUC, al comentar el informe, interpretó esa diferencia como un fracaso en repartir de manera equitativa las ganancias de productividad. Esa lectura es suya, pero los números en los que se apoya son los de la OIT.
Dicho de otro modo: si los salarios hubieran acompañado a la productividad, quien trabajaba en 1999 ganaría hoy bastante más de lo que gana. La diferencia entre ambas cifras es la parte del crecimiento que no llegó al bolsillo de quienes trabajan.
Dos verdades al mismo tiempo
La realidad es menos lineal de lo que sugiere el titular. El mismo informe de la OIT reporta buenas noticias recientes. Los salarios reales mundiales crecieron 1,8 % en 2023 y la OIT proyectó un 2,7 % para 2024, el mayor aumento en más de quince años, después de la caída de 2022 provocada por la inflación. Y la desigualdad salarial disminuyó en alrededor de dos tercios de los países desde el año 2000, a un ritmo promedio de entre 0,5 % y 1,7 % por año, según la medición que se use.
Pero el progreso es desparejo. África, América del Norte y parte de Europa registraron un crecimiento de salarios reales estancado o negativo, según el resumen de ITUC. Es decir, el desacople entre productividad y salario convive con una mejora en la distribución dentro de los salarios y con una recuperación reciente. Las tres cosas son ciertas, y ninguna borra a las otras.
El salario mínimo: subir no es lo mismo que alcanzar
Una de las herramientas que usan los gobiernos para proteger los ingresos es el salario mínimo. Según el informe de la OIT, citado por resúmenes especializados, alrededor del 60 % de los países ajustó su mínimo en 2022, pero solo cerca del 25 % de esos aumentos igualó la inflación. Es un dato que explica cómo un aumento nominal puede significar, en la práctica, un salario que compra menos.
El caso de Paraguay, que analizamos en salarios reales y costo de vida, muestra otra cara del problema. En 2026 el mínimo subió 5 %, por encima de la inflación general, pero en tres años los alimentos subieron 23 %, casi el doble que el piso salarial. Y en Estados Unidos, el pago real por hora cayó 0,3 % en el último año. El ajuste por inflación no siempre mide lo que gasta cada hogar.
¿A dónde va la diferencia?
Si la productividad crece más que el salario, la diferencia tiene que ir a alguna parte. La OIT estima que la participación del trabajo en el ingreso mundial fue de 52,6 % en 2025, por debajo de la de 2019. Es decir, una proporción menor del ingreso total llega a quienes trabajan, y una proporción mayor a otros factores, como el capital. Este dato es un indicio, no una explicación completa.
Entre las causas que se discuten están el debilitamiento de la negociación colectiva, la competencia global, el cambio tecnológico y la concentración de mercados. Tampoco hay consenso sobre cuánto pesa cada una. Y hay críticas metodológicas a esta clase de comparaciones: algunos economistas señalan que depende de cómo se midan los precios, de si se incluyen los beneficios no salariales y de si se mira el salario promedio o el típico. Es un debate legítimo, que conviene tener presente al leer cualquier cifra sobre el tema.
Presiones que se acumulan
Más allá de la brecha, hay factores que ejercen presión a la baja sobre el salario de muchos trabajadores. Cuando una parte importante del empleo es informal, como vimos en empleo informal: por qué persiste y cuánto cuesta, el salario mínimo no es una referencia que alcance a todos. La automatización cambia quién consigue trabajo y en qué condiciones, un tema que desarrollamos en la puerta que se cierra. Y el trabajo por plataformas coloca a muchos en una relación de dependencia sin derechos laborales, algo que analizamos en plataformas digitales y dependencia. Esta conexión entre factores es una lectura propia, no una conclusión de los informes citados.
Cuando el salario no alcanza, la respuesta habitual es trabajar más horas, con los costos que describimos en el tiempo como moneda. Así, la brecha entre lo que se produce y lo que se cobra termina pagándose con tiempo.
La pregunta de fondo: quién decide el reparto
La productividad no se traduce sola en salarios. Para que lo haga, hacen falta instituciones: negociación colectiva, salarios mínimos bien calculados, políticas de formalización. La propia OIT insiste en que las estrategias para reducir las desigualdades requieren fortalecer las políticas e instituciones salariales.
Esto cambia el modo de leer los datos. Un salario que no sube al ritmo de la productividad no es un fenómeno natural, como el clima: es el resultado de reglas, de poder de negociación y de decisiones. Y lo que se decidió de una manera puede decidirse de otra. La pregunta, entonces, no es si la economía produce lo suficiente, sino cómo se reparte lo que produce, y quién tiene voz en esa decisión.
Fuentes
