Artesano trabajando en su negocio abierto


En 1930, un economista predijo que sus nietos trabajarían quince horas semanales. A casi un siglo de esa predicción, el 40 % de los trabajadores del mundo dice haber sentido mucho estrés el día anterior, y el 9 % de la población mundial trabaja 55 horas o más por semana. El problema ya no es solo cuánto se gana, sino cuánto tiempo cuesta ganarlo.

El economista británico John Maynard Keynes imaginó, en un ensayo de 1930, que el progreso técnico reduciría la jornada a unas quince horas semanales hacia 2030. Acertó en lo primero: las economías son hoy mucho más productivas. Pero la promesa de tiempo libre no se cumplió. Estamos a pocos años de esa fecha y la conversación pública habla más de agotamiento que de ocio.

Esa distancia entre lo que la tecnología permite y lo que la vida cotidiana ofrece es el tema de este análisis. El tiempo se ha convertido en una moneda escasa, y su reparto es cada vez más desigual.

Lo que dicen los números del cansancio

El informe State of the Global Workplace 2026, de Gallup, con datos de 2025, muestra un panorama de desgaste. Solo el 20 % de los empleados del mundo está comprometido con su trabajo, la cifra más baja desde 2020. El 40 % reportó haber sentido mucho estrés el día anterior, un nivel que se mantiene por encima del previo a la pandemia. Y apenas el 34 % dice que su vida va bien, es decir, que "prospera", según la clasificación de Gallup. Un 22 % sintió mucha ira el día anterior, un 23 % mucha tristeza y un 22 % mucha soledad.

Los datos no se reparten por igual. Las mujeres reportan más estrés que los hombres (43 % frente a 39 %), y los gerentes más que quienes no tienen personas a cargo (45 % frente a 39 %). Gallup estima, además, que el bajo compromiso y el malestar cuestan a la economía mundial unos 10 billones de dólares, alrededor del 9 % del PIB global. Es una cifra que conviene leer con cuidado, porque se trata de una estimación de la propia consultora, pero ilustra la magnitud que se le atribuye al problema.

Cuando las horas enferman

Más allá del malestar, hay evidencia de daños físicos. Un estudio conjunto de la Organización Mundial de la Salud y la OIT, publicado en 2021, estimó que trabajar 55 horas o más por semana se asocia con un 35 % más de riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular y un 17 % más de morir por cardiopatía isquémica, frente a una jornada de 35 a 40 horas. Los autores calcularon que, en 2016, las jornadas largas se vincularon con 745.000 muertes por esas dos causas, y que el 9 % de la población mundial trabaja esas horas.

Son datos de hace unos años, pero siguen siendo la estimación global de referencia. Y los números no son el único problema: la OMS advirtió en ese momento que el teletrabajo había difuminado la frontera entre el hogar y el empleo.

Por qué se trabaja más horas

La respuesta más simple es económica: cuando el ingreso por hora no alcanza, se compensa con más horas. Lo vimos en Estados Unidos, donde, según la Oficina de Estadísticas Laborales, el ingreso real por hora cayó 0,3 % en un año, pero el ingreso semanal subió porque la semana laboral se alargó. Es el mecanismo que describimos al analizar los salarios reales y el costo de vida.

En el trabajo independiente, la relación es todavía más directa: el tiempo no vendido es ingreso perdido. Por eso, quien trabaja por cuenta propia tiende a aceptar cualquier encargo y a no desconectarse, algo que desarrollamos en ingresos inestables y gastos fijos. Dicho de otro modo, el tiempo y el dinero funcionan como vasos comunicantes: quien gana menos suele necesitar vender más horas. Esta lectura es una interpretación propia de los datos, no una conclusión de los estudios citados.

El tiempo fragmentado

Hay además un cansancio que no depende de las horas trabajadas, sino de cómo se viven. Las notificaciones, los mensajes y la disponibilidad permanente rompen el día en pedazos, de modo que ni el trabajo ni el descanso son completos. Es lo que exploramos en tiempo fragmentado, y está muy ligado a la sobrecarga de decisiones que tratamos en cuando decidir cansa.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, propone una lectura de este fenómeno: en la sociedad actual ya no hace falta que alguien nos obligue a rendir, porque cada uno se exige a sí mismo. Es una explotación sin jefe visible, que genera agotamiento y culpa. Conviene leerla como una tesis filosófica, no como un dato, pero ayuda a entender por qué el cansancio se vive como un fracaso personal. De ahí viene lo que analizamos en la estética del cansancio.

Qué pasa cuando se reduce la jornada

Hay una forma de poner a prueba la idea de que el tiempo es el problema: reducirlo y ver qué ocurre. En 2022, más de 60 empresas del Reino Unido, con cerca de 2.900 trabajadores, probaron durante seis meses una semana de cuatro días sin recorte salarial. El 71 % de los empleados dijo tener menos agotamiento y el 39 % menos estrés. Al terminar, 56 de las 61 empresas participantes afirmaron que seguirían con el esquema.

Sin embargo, hay que leer estos resultados con prudencia. Los participantes eran empresas que se ofrecieron voluntariamente, los datos son en gran parte autodeclarados y los organizadores forman parte de campañas a favor de la semana de cuatro días. No prueban que el modelo funcione en cualquier sector, pero sí muestran que reducir horas no necesariamente reduce el rendimiento.

Cuando el trabajo ya no ordena la vida

Detrás del cansancio hay una cuestión de sentido. Cuando el trabajo ocupa cada vez más tiempo y promete cada vez menos (ascenso, estabilidad, ingreso suficiente), deja de funcionar como el eje que organiza una vida. Es el planteo de el trabajo ya no organiza la vida, de la cultura del mientras tanto y de la sensación de estancamiento: se vive en espera de algo que no llega, y el tiempo se gasta en sostener lo que ya existe.

El tiempo como la pregunta central

Keynes se equivocó en un punto esencial: pensó que el problema sería qué hacer con tanto tiempo libre. El problema real es quién decide cómo se reparte. Las ganancias de productividad pueden convertirse en salarios, en ganancias empresariales o en horas de descanso, y la historia reciente muestra que rara vez se convierten en lo último.

Por eso, el cansancio no debería leerse solo como un asunto de gestión personal, con técnicas de organización o hábitos saludables, aunque eso ayude. Es también una cuestión colectiva: cuántas horas se necesitan para vivir dignamente, quién las controla y qué parte de lo que producimos vuelve en forma de tiempo propio. Esa quizá sea, en el fondo, la pregunta más importante que dejan los datos: no cuánto tiempo tenemos, sino de quién es.

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