Durante décadas, el tiempo fue la moneda invisible del trabajo. Más horas implicaban más ingresos, mayor estabilidad o, al menos, una promesa futura. Hoy esa ecuación está rota. El tiempo ya no rinde.
Trabajar más se volvió una exigencia, no una garantía. Y, paradójicamente, cuanto más tiempo se entrega, menos valor parece tener.
El quiebre de una lógica histórica
El contrato implícito era claro:
* más dedicación → más recompensa
* más experiencia → mejor ingreso
* más antigüedad → mayor seguridad
Ese esquema empezó a desmoronarse cuando el aumento de productividad dejó de traducirse en mejores salarios. El tiempo siguió creciendo como exigencia, pero su retribución se estancó.
Tiempo abundante, valor escaso
La economía actual produce una contradicción evidente:
* jornadas extendidas
* múltiples ocupaciones
* disponibilidad permanente
* fronteras difusas entre trabajo y vida
Y, aun así, ingresos que no alcanzan. El problema no es la falta de tiempo invertido, sino la devaluación estructural del tiempo de trabajo.
Productividad sin reparto
La tecnología permitió hacer más en menos tiempo. Pero ese ahorro no se redistribuyó como tiempo libre ni como salario.
El resultado es un sistema donde:
* se exige eficiencia máxima
* se remunera al mínimo aceptable
* se traslada el riesgo al trabajador
El tiempo se intensifica, pero no se valoriza.
El desgaste como variable económica
Cuando el tiempo pierde valor, el cuerpo y la mente pagan la diferencia:
* cansancio crónico
* falta de recuperación
* vida personal comprimida
* planificación imposible
El desgaste deja de ser un problema individual y se convierte en un costo estructural oculto del sistema económico.
Trabajar más como estrategia defensiva
Muchos trabajan más horas no para crecer, sino para no caer:
* sumar turnos
* aceptar tareas extra
* extender disponibilidad
* multiplicar ingresos parciales
No es ambición: es contención. El tiempo se entrega para sostener el equilibrio, no para avanzar.
El tiempo como frontera social
Hoy, el verdadero privilegio no es ganar más, sino controlar el propio tiempo.
Quienes pueden reducir horas, elegir ritmos o desconectarse tienen una ventaja que ya no es solo económica, sino vital.
Cuando el tiempo deja de valer, trabajar más no es progreso: es defensa.
Conclusión: una economía que consume tiempo
La crisis del valor del tiempo revela un límite profundo del modelo actual. No se trata solo de salarios bajos, sino de una economía que consume tiempo sin devolver sentido ni seguridad.
Mientras el tiempo siga perdiendo valor, trabajar más será apenas una forma de sostenerse en un sistema que ya no promete recompensa proporcional.

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