Familia esperando vuelo

  



En 2024, a uno de cada seis solicitantes de un visado Schengen se lo negaron. A una persona de las Comoras, a casi dos de cada tres. A una de Estados Unidos, a una de cada veinticinco. Pagan lo mismo por pedirlo, 90 euros que no se devuelven.

La globalización instaló una imagen poderosa: un mundo conectado, abierto, atravesado por el movimiento. Desde la perspectiva de las personas, esa imagen es engañosa. Nunca hubo tantas fronteras activas, tantos controles ni tantas jerarquías de circulación. Viajar no es una experiencia universal, sino un privilegio repartido con una desigualdad que casi nadie elige. La libertad de moverse depende menos del deseo que del lugar de nacimiento.

La lotería del pasaporte

Los números lo hacen visible. Según los datos de la Comisión Europea de 2024, la tasa media de rechazo de visados de corta estancia en la zona Schengen rondó el 17 % (las fuentes consultadas dan entre 16,9 y 18 %). En Comoras fue del 62,8 %, la más alta del mundo. En Nigeria y Ghana, de entre el 44 y el 48 %. En Estados Unidos y en China, de alrededor del 4 %. Un análisis de un colectivo de investigación, basado en esos datos, concluye algo que no sorprende pero impresiona: cuanto menor es el ingreso por habitante del país de origen, mayor es la tasa de rechazo.

Hay un costo material. Esos 90 euros no son reembolsables, de modo que cada negativa es dinero perdido: solo los solicitantes africanos habrían perdido más de 70 millones de dólares en tasas por visados rechazados en 2024, según un cálculo publicado en 2025. Son datos de 2024, los más recientes que encontré, y las cifras varían un poco entre fuentes, pero el patrón es el mismo en todas.

El índice de pasaportes de Henley muestra el mismo mapa desde el otro lado: en 2026, el de Singapur permite entrar sin visado previo a 192 de 227 destinos; el de Estados Unidos, a 179; el de Paraguay, a 145; el de India, a unos 55; el de Afganistán, a 23. Lo vimos en nómadas digitales, donde ese mapa decide quién puede ser nómada y quién no. Un pasaporte, entonces, funciona como un capital invisible. No se gana: se hereda por azar geográfico.

Flexible para el dinero, rígido para la vida

Este es, quizá, el rasgo más extraño de la época. El capital circula con fluidez, la información viaja sin fricción, y las personas enfrentan filtros crecientes. El territorio se flexibilizó para la inversión y se mantuvo rígido para la vida cotidiana de millones. La globalización no eliminó fronteras: las reordenó. Y quienes se mueven con papeles precarios aprenden a no exponerse, a no reclamar, a no proyectar demasiado. La movilidad, en su caso, se paga con silencio y cautela.

Eso crea una figura que ni la palabra «turista» ni la palabra «ciudadano» alcanzan a nombrar: personas que residen sin arraigo legal fuerte, trabajan sin garantías duraderas y participan sin representación. Y se multiplica una doble vara: el turista es bienvenido porque consume, se va y no reclama derechos; el migrante es sospechado porque trabaja, se queda y exige reconocimiento. Muchas veces es la misma persona haciendo el mismo viaje. Cambia la mirada.

Dos caras de una misma frontera

Conviene recordar que la desigualdad opera en dos direcciones. Algunos no pueden irse; otros no pueden quedarse. Quedarse puede significar falta de oportunidades o estancamiento; irse, una vida de provisionalidad legal. La movilidad no resuelve esa tensión: la redistribuye. Sobre lo que significa vivir en ese tránsito hablamos en vivir de paso.

Todo indica que las fronteras no van a desaparecer; más bien se digitalizan, se externalizan y se vuelven más selectivas. Es una lectura nuestra de la tendencia, no una proyección verificada. Y eso deja una pregunta que ningún mapa responde: si el pasaporte es una lotería, ¿por qué seguimos hablando del viaje como si fuera una elección? Entenderlo no arruina el viaje. Lo vuelve más consciente de lo que cuesta cruzar una frontera para quien no nació del lado cómodo.

Fuentes