La falsa idea de un mundo sin fronteras
La globalización instaló una imagen poderosa: un mundo interconectado, accesible, abierto al movimiento constante de personas, bienes e ideas.
Sin embargo, esa imagen es profundamente engañosa cuando se la observa desde la movilidad humana.
Nunca hubo tantas fronteras activas, controles migratorios estrictos y jerarquías de circulación como hoy. Viajar, lejos de ser una experiencia universal, es un privilegio distribuido de forma profundamente desigual.
La libertad de movimiento no depende del deseo de viajar, sino del lugar de nacimiento.
El pasaporte como capital invisible
El pasaporte se ha convertido en uno de los activos más determinantes de la vida contemporánea. No todos valen lo mismo.
Algunos permiten ingresar a decenas de países sin visa; otros exigen trámites extensos, costos elevados y una permanente sospecha sobre quien lo porta.
Este “capital de movilidad” no se adquiere por mérito individual, sino por azar geográfico. Nacer en un país u otro define:
* cuántos países se pueden visitar
* cuánto tiempo y dinero requiere viajar
* cuánta desconfianza genera el viajero
La movilidad global está estratificada.
Visas: el filtro silencioso
Las visas funcionan como mecanismos de selección previa. No solo evalúan documentación, sino también perfiles sociales, económicos y laborales. En la práctica, miden riesgo: riesgo de quedarse, de trabajar informalmente, de convertirse en migrante no deseado.
Este sistema produce una paradoja:
* se promueve el turismo global
* pero se restringe el movimiento de ciertas poblaciones
Viajar es bienvenido solo cuando el viajero es percibido como transitorio, solvente y controlable.
Fronteras visibles e invisibles
No todas las fronteras son físicas. Muchas operan antes del viaje:
* requisitos financieros
* entrevistas consulares
* antecedentes laborales
* historial migratorio
Otras actúan durante el desplazamiento:
* controles selectivos
* interrogatorios
* rechazos arbitrarios
El resultado es una experiencia profundamente desigual del viaje. Para algunos, desplazarse es rutinario. Para otros, es una fuente constante de estrés e incertidumbre.
Turismo, migración y la doble vara
Una de las tensiones centrales del sistema global es la diferencia entre turista y migrante. Ambos cruzan fronteras, pero son tratados de forma radicalmente distinta.
El turista es celebrado: consume, se va, no reclama derechos.
El migrante es sospechado: trabaja, se queda, exige reconocimiento.
Esta distinción no siempre es clara en la práctica, pero es central en el discurso político y mediático. El mismo movimiento puede ser visto como legítimo o problemático según quién lo realice.
Movilidad restringida y oportunidades limitadas
La desigualdad en la movilidad no es solo simbólica. Tiene efectos materiales:
* acceso desigual a educación internacional
* limitaciones laborales
* barreras al intercambio cultural
* concentración de oportunidades
Viajar amplía horizontes, redes y capital social. Cuando esa posibilidad se restringe sistemáticamente a ciertos grupos, la desigualdad global se reproduce.
El mito del viajero global
La figura del “ciudadano del mundo” suele ocultar un privilegio estructural. No todos pueden elegir moverse, trabajar o residir en distintos países con la misma facilidad.
La movilidad global no es un estilo de vida accesible para todos, sino una posición dentro de una jerarquía internacional claramente definida.
Reconocer esto no invalida la experiencia del viaje, pero la contextualiza.
Territorio, ciudadanía y pertenencia
Las fronteras no solo regulan el movimiento, también delimitan pertenencias. Determinan quién tiene derechos, quién puede quedarse, quién debe irse.
Viajar pone en evidencia una verdad incómoda: el mundo no está organizado para la libre circulación de personas, sino para la protección desigual de territorios y economías.
¿Hacia dónde va la movilidad global?
Todo indica que las fronteras no desaparecerán. Por el contrario:
* se digitalizan
* se externalizan
* se vuelven más selectivas
La movilidad futura será más controlada, más diferenciada y más condicionada por factores económicos y geopolíticos.
Viajar seguirá siendo posible, pero no necesariamente más justo.
Conclusión
Viajar en el siglo XXI es una experiencia atravesada por desigualdades estructurales que suelen pasar desapercibidas para quienes gozan de movilidad plena.
Pasaportes, visas y fronteras no son detalles administrativos: son mecanismos que ordenan el mundo.
Entender esta realidad no arruina el viaje. Lo vuelve más consciente. Y recuerda que el territorio no solo se cruza: también se defiende, se controla y se jerarquiza.

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