Cuando alguien dice que Airbnb encareció su barrio, tiene parte de razón y no toda. Un estudio sobre Barcelona midió el efecto: en los barrios con más alojamientos turísticos, los alquileres subieron 7 % y los precios de venta 19 %. En el barrio promedio, 1,9 % y 5,3 %. El turismo transforma territorios, pero decir cuánto es más difícil que decir que lo hace.
Durante décadas el turismo se contó como una buena noticia: empleo, economías locales, encuentro entre culturas. La historia sigue siendo parcialmente cierta, pero ya es incompleta. En muchas ciudades, viajar dejó de ser una práctica neutra y pasó a ser un factor de transformación del lugar. El problema no es el viaje, sino la escala, la velocidad y la lógica económica que lo sostiene: cuando el turismo crece más rápido que la capacidad de adaptación de un territorio, aparecen el encarecimiento, el desplazamiento de vecinos y la pérdida de identidad barrial. Ese mismo mecanismo, llevado a su versión más extrema —ciudades enteras reorganizadas en torno al turista antes que al residente—, lo recorrimos en El turismo que devora ciudades, con los casos de Barcelona, Venecia y Ámsterdam.
Lo que dicen los números, con sus límites
La vivienda es donde primero se nota. Un equipo de economistas, con datos de Barcelona de la década de 2010, encontró que la llegada de Airbnb elevó los alquileres un 1,9 % y los precios de venta un 5,3 % en el barrio promedio, y mucho más en los de mayor actividad: 7 % en alquileres y 19 % en precios de venta. Pero los propios autores advierten que, aunque los efectos «no son pequeños», no alcanzan a explicar el grueso del aumento de los alquileres de la ciudad entre 2012 y 2016.
Un estudio más amplio, de Barron, Kung y Proserpio, publicado en 2021 en Marketing Science con datos de ciudades estadounidenses, da una dimensión más modesta: un aumento del 1 % en los alojamientos de Airbnb se asocia con un 0,018 % de aumento en los alquileres y un 0,026 % en los precios de venta. Son efectos pequeños en promedio, que se concentran en los lugares donde el turismo ya es intenso.
La lectura honesta es doble. La plataforma importa, y mucho, donde hay concentración. Pero el encarecimiento de la vivienda tiene muchas otras causas, desde la escasez de oferta hasta la inversión. Culpar solo al turista es tan simplificador como negarle toda responsabilidad. Lo vimos con la discusión sobre Ciudad de México en nómadas digitales: la protesta fue contra los extranjeros, pero los expertos señalaron también fallas de gobierno.
El viajero que no se ve en la ecuación
El viajero rara vez se percibe como parte del problema. Reservar un alojamiento, comer en el barrio, recorrer una calle: cada gesto parece inocuo. Pero millones de decisiones inocuas suman un efecto colectivo. Esto no es una acusación; es entender que el viaje ocurre dentro de un sistema económico y urbano más amplio, y que el turismo masivo se sostiene tanto en grandes empresas como en prácticas cotidianas normalizadas.
Mientras tanto, los territorios suelen adaptarse: flexibilizan regulaciones, incentivan inversiones, renuncian a usos tradicionales. Los beneficios se ven enseguida; los costos, más tarde, cuando revertir el proceso resulta muy difícil. Las ciudades que hoy limitan los alquileres turísticos lo hacen tarde, después de años de expansión. Y cuando la oferta se orienta a quien llega y no a quien vive, el barrio conserva sus edificios, pero pierde densidad humana: relaciones vecinales, oficios, comercio cotidiano. La paradoja es conocida: se viaja buscando autenticidad y se termina erosionándola.
Un turismo con límites
No hace falta caer en el nihilismo. Hay herramientas: regulaciones claras y aplicadas, límites a la concentración inmobiliaria, estadías más largas, descentralización de los destinos, participación real de las comunidades. El turismo no tiene por qué ser extractivo, pero requiere planificación y una mirada de largo plazo. Y el viajero, aunque las soluciones sean políticas, no es irrelevante: elegir alojamientos regulados, informarse sobre el contexto y priorizar economías locales reales no resuelve el problema, pero evita profundizarlo. Es parte de lo que planteamos en viajar menos, comprender más.
El punto de fondo es simple y a veces incómodo: el territorio no es solo un destino, es un espacio de vida. Los lugares no están vacíos cuando llegamos ni desaparecen cuando nos vamos.
Fuentes
Estudio sobre Barcelona (rentas +1,9 % y precios +5,3 % en el barrio promedio; +7 % y +19 % en los de mayor actividad): "Do short-term rental platforms affect housing markets? Evidence from Airbnb in Barcelona" (versión de trabajo) y reseña de Xataka (cita de los autores sobre el alcance del efecto).
Barron, Kung y Proserpio, "The effect of home-sharing on house prices and rents: Evidence from Airbnb", Marketing Science 40(1), 2021, citado en este artículo de la Universidad de Jaén.
Ciudad de México: ver las fuentes de nómadas digitales.
Pasos de tu lado, tal como los describiste: