Hay una expresión que atraviesa silenciosamente la vida contemporánea: “mientras tanto”. Mientras tanto trabajo así. Mientras tanto vivo acá. Mientras tanto espero. Mientras tanto me adapto.
No es una frase de transición; es una forma de habitar el tiempo. Define una cultura donde nada termina de empezar ni de cerrarse, y donde el presente se vuelve un espacio provisional permanente.
El fin de los tiempos definidos
Durante décadas, la vida estuvo organizada en etapas relativamente claras: formación, trabajo, estabilidad, madurez. Cada fase tenía un sentido y un horizonte.
Hoy, esas secuencias se diluyeron. No hay cortes nítidos ni momentos de llegada. Todo parece estar “en proceso”, pero sin dirección clara.
La cultura del mientras tanto no es transitoria: se volvió estructural.
Vivir en pausa sin estar detenido
El mientras tanto no implica inacción. Las personas trabajan, deciden, se mueven, producen. Pero lo hacen sin la sensación de estar construyendo algo definitivo.
Se vive como si la vida real estuviera por empezar más adelante, aunque ese después nunca termine de llegar.
Esto genera una paradoja cultural: actividad constante con sensación de provisionalidad.
Decisiones sin cierre simbólico
En esta cultura, las decisiones no se viven como elecciones firmes, sino como arreglos temporales. Nada parece irreversible, pero tampoco plenamente elegido.
Mudarse, cambiar de trabajo, emprender, incluso vincularse, ocurre bajo la lógica del “por ahora”.
El resultado es una vida flexible, pero difícil de narrar.
El presente como sala de espera
El presente deja de ser un espacio pleno y se convierte en una sala de espera extendida. No se espera algo concreto, sino que se espera ver qué pasa.
Esta espera indefinida no genera ansiedad permanente, sino una forma de resignación funcional: seguir mientras se pueda, ajustar cuando sea necesario.
La cultura legitima esta forma de estar.
Lenguaje, hábitos y expectativas
El mientras tanto se filtra en el lenguaje cotidiano: “por ahora”, “veremos”, “más adelante”. También en los hábitos: compromisos débiles, planes abiertos, identidades flexibles.
No se trata de falta de responsabilidad, sino de adaptación cultural a un mundo que ya no garantiza continuidad.
La estabilidad se vuelve sospechosa; la rigidez, un riesgo.
Lo que se gana y lo que se pierde
Esta cultura permite sobrevivir en contextos inestables. Reduce el impacto de las frustraciones y protege frente a promesas incumplidas.
Pero también debilita el sentido de pertenencia, de proyecto y de relato personal. Vivir sin cierre es vivir sin hitos claros.
La vida avanza, pero cuesta saber hacia dónde.
Conclusión
La cultura del mientras tanto no es apatía ni falta de ambición. Es una respuesta colectiva a un tiempo histórico donde los finales se postergan indefinidamente.
Habitar un presente sin cierre puede ser una estrategia de supervivencia. La pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse una cultura sin momentos de llegada, sin relatos que ordenen la experiencia.

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