Durante décadas, el trabajo fue el reloj de la vida adulta: marcaba el ritmo, definía la identidad y prometía una narrativa de progreso. Hoy, esa lógica muestra signos evidentes de agotamiento, y no es un fenómeno aislado de nuestro país. El informe "World Employment and Social Outlook: Trends 2026" de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) es lapidario: "The global informal employment rate is projected to remain stagnant at 58.2 per cent, underscoring the persistent deficit in decent work opportunities worldwide." (Se proyecta que la tasa global de empleo informal se mantendrá estancada en el 58,2 por ciento, lo que subraya el déficit de trabajo decente a nivel mundial).
Cuando más de la mitad de la fuerza laboral del mundo habita en la informalidad, la idea de la "carrera laboral" —lineal, ascendente y previsible— deja de ser un mapa para convertirse en una ficción. En Paraguay, esa cifra global tiene un correlato concreto: más de seis de cada diez ocupados no agropecuarios trabaja en condiciones de informalidad, como detallamos en La era del ajuste silencioso. Cuando el empleo estable se vuelve la excepción y no la regla, toda la arquitectura de la vida cotidiana empieza a tambalear, no solo en nuestro país, sino desde Madrid hasta Bogotá.
La erosión de la carrera como horizonte
El modelo del siglo XX articulaba tres dimensiones: identidad (quién eras según lo que hacías), tiempo (una rutina previsible) y proyecto (la certeza de que el esfuerzo de hoy se traduciría en una posición mejor mañana). Ese esquema, que hoy percibimos como roto, no era perfecto, pero ofrecía un horizonte previsible.
Los salarios tampoco acompañan: buena parte de los asalariados paraguayos cobra en torno al mínimo legal o por debajo de él, un dato que desarrollamos junto al resto de la batería oficial en La era del ajuste silencioso. Es el síntoma local de esta enfermedad global.: cuando el empleo formal es, en el mejor de los casos, una forma ordenada de estrechez, la promesa de "ascenso" se vuelve difícil de sostener. Como hemos analizado al preguntarnos si se acabó el empleo estable, cuando el trabajo ya no garantiza movilidad social, pierde su capacidad de justificar el sacrificio a largo plazo.
Las ilusiones que intentan ocupar el vacío
Ante el vacío que deja un trabajo que ya no ordena, aparecen sustitutos frágiles. El consumo es uno: intentar marcar hitos vitales a través de compras o viajes. Pero el consumo es episódico y dependiente de un ingreso que rara vez es constante; no ofrece una narrativa de largo plazo. Es un organizador que, ante la primera fluctuación económica, profundiza la sensación de vacío.
La "autooptimización" es el otro gran intento de reemplazo. "Aprendé esto, mejorá aquello, reinventate". Esta lógica, que se nos vende como una herramienta de empoderamiento, es en realidad un intento de gestionar individualmente un riesgo que es sistémico. Al trasladar la responsabilidad de la estabilidad al individuo, el desgaste se vuelve permanente. Como exploramos al hablar de por qué trabajar ya no garantiza ascenso social, cuando todo depende de que la persona se mantenga "actualizada", el fracaso se siente como una falla personal, no como lo que es: un problema de estructura económica.
Vivir en modo condicional
La pérdida del trabajo como eje organizador tiene efectos concretos en las decisiones de vida: formar una familia, comprar una vivienda, asumir deudas. Cuando el futuro laboral es incierto, la vida entra en un modo "condicional": si se mantiene este contrato, si el ingreso no cae. Esa cautela extrema es una respuesta racional a un entorno que, como señala la OIT, ha alterado fundamentalmente cómo planificamos nuestros ciclos de vida.
El tiempo mismo se fragmenta. Sin una estructura clara, trabajo, descanso y vida personal se superponen. La flexibilidad, vendida como ventaja, se convierte en desorden. Sin marcos que contengan esa flexibilidad, el tiempo pierde dirección, un fenómeno que se siente en la piel de quienes intentan equilibrar trabajo, ingreso y bienestar sin lograr un equilibrio real.
¿Qué sigue cuando el eje se desplaza?
Decir que el trabajo ya no organiza la vida no significa que sea irrelevante; sigue siendo indispensable. Lo que significa es que ya no puede sostener solo el peso del sentido vital. La frustración surge de intentar que el trabajo cumpla una función —la de darnos un propósito total— para la cual ya no está equipado.
El desafío no es nostálgico. No se trata de volver al siglo pasado, sino de construir combinaciones más realistas: fortalecer los vínculos, fomentar proyectos personales que no dependan del mercado, y recuperar una participación social que no pase exclusivamente por la productividad. Como hemos visto al hablar de la economía de la expectativa baja, la madurez de una sociedad se mide, en parte, por su capacidad de encontrar sentido fuera de las estructuras que nos han fallado.
Fuentes
- Organización Internacional del Trabajo, Enero de 2026, World Employment and Social Outlook Trends 2026, Oficina Internacional del Trabajo, Ginebra.
- Los datos de informalidad, salarios y marco normativo paraguayo, INE, MTESS, Decreto N 6225 de 2026, Resolución N 670 de 2026, se detallan en La era del ajuste silencioso, vivir adaptándose sin saber a qué.
