Durante mucho tiempo, una sociedad no necesitó estar de acuerdo en todo para sentirse parte de algo. Bastaba con compartir un relato general: una idea más o menos común sobre de dónde veníamos, qué estaba pasando y hacia dónde íbamos.
Ese relato no era necesariamente verdadero ni justo, pero cumplía una función esencial: ordenaba la experiencia colectiva. Hoy ese relato ya no existe.
No fue reemplazado por otro más preciso ni más democrático. Simplemente se fragmentó hasta desaparecer. En su lugar quedó una multiplicidad de versiones parciales, incompatibles entre sí, que no dialogan, no se corrigen y no convergen.
No vivimos en una época sin historias, sino en una época sin historia compartida.
Cuando la sociedad deja de contarse a sí misma
Toda cultura necesita un mínimo de narrativa común para funcionar. No para imponer una verdad única, sino para permitir que las diferencias se discutan dentro de un mismo marco.
Ese marco podía ser:
* la idea de progreso
* la promesa de movilidad social
* el valor del esfuerzo
* la expectativa de un futuro mejor que el presente
Hoy, ninguna de esas ideas logra organizar la experiencia colectiva.
Cada grupo vive dentro de su propio relato:
* con sus causas
* sus miedos
* sus culpables
* sus expectativas
Y, sobre todo, con su propio lenguaje.
No es solo que pensamos distinto: ya no estamos contando la misma historia.
Fragmentación cultural: cuando todo es verdad para alguien
El problema no es la diversidad de miradas. El problema aparece cuando no existe un suelo narrativo común desde el cual esas miradas puedan cruzarse. Antes, incluso en conflicto, había puntos de referencia compartidos:
* ciertos hechos básicos
* ciertos valores implícitos
* ciertas expectativas temporales
Hoy, la experiencia social se parece más a un mosaico de realidades paralelas. Cada una:
* se valida a sí misma
* se alimenta de sus propias fuentes
* interpreta los mismos hechos de manera incompatible
No hay consenso, pero tampoco hay disputa real. Porque para discutir hace falta compartir, al menos, el mismo marco de sentido.
El fin del “nosotros” narrativo
El “nosotros” no desaparece del lenguaje, pero cambia de escala.
Ya no es un nosotros social amplio. Es:
* un nosotros generacional
* un nosotros ideológico
* un nosotros identitario
* un nosotros circunstancial
Pequeños colectivos narrativos que se sienten completos en sí mismos y no necesitan validación externa.
Esto produce una paradoja cultural:
* estamos hiperconectados
* pero narrativamente aislados
Cada grupo habla mucho, pero no conversa.
Cuando la cultura deja de organizar el tiempo
El relato común no solo ordenaba ideas; ordenaba el tiempo.
Permitía pensar el pasado como origen, el presente como tránsito y el futuro como horizonte. Hoy esa línea temporal se rompe.
Sin relato compartido:
* el pasado se reinterpreta infinitamente
* el presente se vive como saturación
* el futuro pierde capacidad organizadora
La cultura se vuelve presentista, no por elección, sino por incapacidad de proyectar.
Esto no genera vacío; genera ruido. Opiniones, discursos, interpretaciones constantes que no se acumulan en sentido.
Opinión sin relato: hablar mucho, comprender poco
En ausencia de una historia común, la opinión ocupa su lugar.
Pero la opinión no organiza: reacciona.
Una cultura basada en opiniones:
* se acelera
* se agota rápido
* se polariza con facilidad
No porque las personas sean más intolerantes, sino porque ya no existe una narrativa que amortigüe el conflicto.
Cada afirmación parece absoluta porque no hay marco que la relativice.
El costo invisible de no compartir historia
La pérdida del relato común no es solo un problema intelectual o político. Es un problema cultural profundo, con efectos cotidianos:
* dificulta la empatía social
* erosiona la confianza básica
* vuelve frágil cualquier acuerdo
* transforma el desacuerdo en amenaza
Cuando no compartimos historia, el otro deja de ser parte del mismo proceso y pasa a ser un obstáculo narrativo.
No es nostalgia: es estructura cultural
Esto no es una defensa del pasado ni una idealización de relatos antiguos. Muchos de ellos fueron excluyentes, injustos o falsos.
Pero cumplían una función que hoy nadie está reemplazando: dar coherencia simbólica a la experiencia social.
La cultura actual no carece de voces. Carece de articulación.
Vivir sin relato común
Una sociedad sin relato compartido no se derrumba de inmediato. Funciona, produce, se expresa. Pero lo hace de manera más frágil, más reactiva y más cansada.
No porque falten ideas, sino porque falta una historia que las conecte. Y mientras eso no ocurra, seguiremos viviendo juntos, pero sin sentir que estamos en el mismo capítulo.

0 Comentarios