Imágen de un mapamundi con un candodo encima


La tecnología suele presentarse como una marea que levanta todos los barcos por igual: una nueva herramienta, una vez inventada, estaría disponible para cualquiera dispuesto a usarla, y el progreso que genera se repartiría más o menos parejo entre quienes la adoptan. Es una idea cómoda, y en parte por eso circula tanto. La evidencia disponible, sin embargo, cuenta una historia distinta: lejos de ser neutral, el despliegue tecnológico actual tiende a amplificar las desigualdades que ya existían antes de que la innovación llegara, no a disolverlas.

El filtro del acceso

El primer nivel de exclusión es el más visible y el más citado: el acceso material. Tener conectividad estable y un dispositivo medianamente actualizado sigue siendo, en gran parte del mundo, una variable que depende directamente del ingreso. Pero reducir la discusión a esta capa —¿tenés internet o no lo tenés?— deja afuera la mitad del problema.

La investigadora Eszter Hargittai planteó ya en 2002 una distinción que sigue siendo central: buena parte de la literatura sobre la brecha digital limitaba su análisis a una clasificación binaria —usa internet o no lo usa—, sin atender a una segunda capa de desigualdad, mucho más difícil de medir pero igual de determinante: la diferencia en las habilidades para usarlo de forma efectiva. Dos personas con el mismo acceso a una conexión pueden tener resultados radicalmente distintos según cuánta experiencia previa tengan, cuánto tiempo les lleve encontrar información confiable, o qué tan cómodas se sientan navegando un trámite digital complejo. La brecha, en otras palabras, no desaparece cuando se resuelve el acceso: simplemente se traslada a un terreno menos visible.

Esta segunda capa es la que termina fragmentando el mercado laboral de forma más profunda que la primera. Por un lado, una minoría con habilidades digitales avanzadas, capaz de adaptarse rápido a cada herramienta nueva. Por el otro, una mayoría trabajadora que accede a la tecnología, pero queda expuesta a la obsolescencia de sus competencias con cada actualización del sistema.

Automatización y concentración del beneficio

El economista David Autor documentó con datos de Estados Unidos un fenómeno que conecta directamente con esta fragmentación: la polarización del empleo. Según su análisis de los datos censales entre 1979 y 2012, las ocupaciones de calificación media —puestos administrativos, de ventas, de producción manufacturera— representaban el 60% del empleo total en 1979. Hacia 2012, esa proporción había caído al 46%, desplazada por la automatización de tareas rutinarias.

Lo que queda, en los dos extremos, son trabajos muy calificados que la tecnología no puede reemplazar fácilmente, y trabajos manuales poco calificados que tampoco resulta rentable automatizar todavía. El medio es lo que se vacía. Autor es cuidadoso al advertir, eso sí, que este proceso no debería leerse como una tendencia que se proyecta sin límite hacia el futuro: el propio fenómeno "is unlikely to continue very far into future" en la misma forma en que se dio entre 1980 y 2010, porque las condiciones tecnológicas y laborales que lo produjeron no son estáticas.

Esto conecta con algo que ya pensamos en esta revista sobre cuando la tecnología reemplaza al criterio: no es solo que ciertas tareas desaparezcan, sino que el criterio humano se va retirando de zonas cada vez más amplias del trabajo cotidiano, y quien queda afuera de ese proceso no tiene mucho margen para negociar su lugar.

Detrás de esta polarización hay, además, un fenómeno de concentración que rara vez se discute con la misma intensidad que la innovación en sí: buena parte de los datos, la infraestructura y el capital de inversión que sostienen el avance tecnológico actual está en manos de un número reducido de actores. El beneficio económico de la innovación no se reparte al mismo ritmo en que la sociedad empieza a sentir sus efectos colaterales.

La escuela a ritmo analógico

Frente a este panorama, la educación enfrenta una asimetría temporal difícil de resolver. La tecnología se actualiza en cuestión de meses; los sistemas educativos, por diseño institucional, cambian a un ritmo mucho más lento, atado a ciclos de formación docente, currículas y presupuestos que no se mueven con la misma velocidad.

El resultado es, muchas veces, el opuesto al que se espera de la escuela como niveladora social. En lugar de acortar distancias, termina certificando la desigualdad que ya traía cada estudiante de su casa: quienes llegan con más experiencia digital previa profundizan esa ventaja dentro del aula, mientras el resto se limita a consumir las interfaces que la escuela logra incorporar, siempre con rezago.

El filtro territorial: el caso paraguayo

En Paraguay, esta desigualdad tiene además una dimensión territorial medible. Según el Boletín de Tecnología de la Información y Comunicación de la Encuesta Permanente de Hogares Continua (EPHC) del Instituto Nacional de Estadística, correspondiente a 2025: "en el área urbana, el 88,2% de la población utiliza internet, lo que equivale a aproximadamente 3.320.772 personas. En cambio, en las zonas rurales, la cifra se reduce al 77,8%, es decir, alrededor de 1.106.990 personas".

Son casi diez puntos porcentuales de diferencia entre vivir en una ciudad paraguaya o en el campo, una brecha que se traduce en acceso desigual a trámites, información, oportunidades laborales y, cada vez más, a la educación misma cuando una parte de ella se apoya en plataformas digitales. El INE no releva, dentro de este módulo, el acceso a conectividad dentro de las aulas del sistema educativo público —el instrumento mide uso individual en el hogar, no infraestructura escolar—, lo cual deja además una pregunta abierta: si la brecha de acceso general ya es de casi diez puntos entre campo y ciudad, es razonable sospechar que la brecha dentro del aula, allí donde debería compensarse, no sea menor.

Innovación con mirada social

Reducir estas brechas exige correr el foco de la discusión. Evaluar una tecnología solo por su eficiencia o su rentabilidad, sin preguntar quién queda afuera de sus beneficios, es un ejercicio incompleto que termina naturalizando la desigualdad como si fuera un efecto colateral inevitable del progreso.

La inclusión digital no ocurre por defecto, de la misma manera en que ninguna configuración preestablecida trabaja a favor del usuario que nunca la toca. Requiere políticas activas: formación accesible que no dependa del ingreso familiar, infraestructura pública que llegue al territorio rural con la misma prioridad que a la ciudad, y cierta regulación sobre mercados digitales que, dejados a su propia inercia, tienden a concentrar el beneficio en cada vez menos manos. Si el progreso técnico no está diseñado explícitamente para cerrar brechas, lo más probable es que, con el tiempo, termine haciéndolas más profundas.


Fuentes

Autor, D. H. (2015). "Why Are There Still So Many Jobs? The History and Future of Workplace Automation". Journal of Economic Perspectives, Vol. 29, N.º 3, pp. 3-30. Dato de ocupaciones de calificación media (60% en 1979 a 46% en 2012) según p. 12. DOI: https://doi.org/10.1257/jep.29.3.3

Hargittai, E. (2002). "Second-Level Digital Divide: Differences in People's Online Skills". First Monday, Vol. 7, N.º 4. Concepto de brecha de habilidades, sin cita textual verificable. DOI: https://doi.org/10.5210/fm.v7i4.942

Instituto Nacional de Estadística (INE), Paraguay. Boletín TIC, Encuesta Permanente de Hogares Continua (EPHC) 2025. https://ine.gov.py