Durante buena parte del siglo XX, "tener trabajo" significaba algo relativamente preciso: un contrato por tiempo indeterminado, una jornada definida, un aporte jubilatorio, cierta previsibilidad sobre el mes que viene y sobre los próximos diez años. Ese modelo nunca fue universal —muchísima gente quedó siempre afuera de él— pero funcionó como referencia: incluso quien no accedía a un trabajo estable lo reconocía como el horizonte deseable. Hoy esa referencia se desdibujó. No porque el trabajo estable haya desaparecido, sino porque dejó de ser la experiencia que describe a la mayoría.
Cuando la formalidad deja de proteger
El dato más repetido sobre el mercado laboral paraguayo es la tasa de informalidad: según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2025 el 60,1% de la población ocupada del país —cerca de 1.663.000 personas— trabajaba en condición informal, es decir, sin aporte a un sistema de jubilación, sin Registro Único de Contribuyentes, o ambas cosas a la vez. Es una cifra que confirma lo que la experiencia cotidiana ya sugiere: la informalidad no es la excepción del sistema, es su modalidad más frecuente.
Pero hay un dato dentro de ese mismo informe del INE que importa todavía más para entender por qué "tener trabajo formal" dejó de ser sinónimo de "estar protegido": del total de empleados privados en situación informal, el 50,7% trabaja dentro de empresas que sí están registradas como formales. No se trata, entonces, únicamente de changas, ventas callejeras o changas sin registro: una porción enorme de la informalidad ocurre adentro de negocios legalmente constituidos, que emplean personas sin darlas de alta ante la seguridad social. La precarización no es solo un fenómeno del margen del sistema. Es, también, una práctica extendida dentro de él.
Dos palabras para una misma pérdida
Llamar a esto "flexibilización" o llamarlo "precarización" no es un matiz de estilo: ya exploramos ese mecanismo de encuadre en el poder del lenguaje y el sentido común, donde vimos cómo una misma condición laboral cambia de sentido según la palabra que se elija para nombrarla. No hace falta repetir ese argumento acá: alcanza con señalar que buena parte del vocabulario con el que se presenta la informalidad en Paraguay —"changa", "independiente", "por mi cuenta"— cumple la misma función despolitizadora. Convierte una carencia estructural de protección en una elección individual de forma de trabajo.
El cuentapropismo como síntoma, no como causa
Una parte considerable de esa informalidad tiene nombre propio: el trabajo por cuenta propia, que en Paraguay —como en buena parte de la región— funciona muchas veces como refugio ante la falta de empleo formal disponible, no como una elección vocacional. Ya analizamos ese costo oculto en la ilusión de la autonomía: el peaje del cuentapropismo: la libertad que promete el relato del emprendedurismo rara vez incluye la protección social que calladamente deja afuera. Lo que el dato del INE agrega a esa discusión es que el problema no se resuelve mudándose al empleo formal: una porción significativa de quienes ya están formalmente empleados comparte la misma desprotección que quienes trabajan por su cuenta.
Una desprotección que no se reparte igual
La informalidad tampoco golpea parejo entre generaciones. Según el reporte "Situación de los Jóvenes en el Mercado Laboral" del Observatorio Laboral del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social (MTESS), publicado en septiembre de 2026, la informalidad laboral no agropecuaria entre jóvenes de 15 a 29 años fue del 68,2% en 2025 —ocho puntos por encima del promedio nacional—, con una caída de apenas 3,2 puntos respecto al 71,4% de 2022. El dato se vuelve más crudo en el extremo más joven de ese grupo: entre adolescentes de 15 a 19 años, la informalidad alcanza el 89,4%, según el propio INE. Casi nueve de cada diez adolescentes que ya trabajan en Paraguay lo hacen sin ningún tipo de cobertura.
Esto no es un dato aislado de un tramo etario particular: es el punto de entrada al mercado laboral para buena parte de una generación entera. Quien empieza a trabajar en la adolescencia dentro de ese 89,4% no está viviendo una etapa transitoria hacia la estabilidad; está aprendiendo, desde el primer empleo, que la inestabilidad es la norma. Esa diferencia —entre ver la precariedad como un escalón de paso y verla como el formato por defecto del trabajo— tiene consecuencias que exceden lo económico: moldea expectativas sobre qué se puede planificar y a qué plazo.
El riesgo que se traslada al futuro
La desprotección de hoy también compromete el mañana. Un estudio sobre densidad de cotizaciones al Instituto de Previsión Social (IPS), citado por organismos vinculados a la OIT, calculó que entre 2000 y 2020 los trabajadores formales paraguayos aportaron, en promedio, apenas el 28% del tiempo de su vida laboral potencial. La causa es la misma que venimos describiendo: no es que la gente no trabaje, es que transita constantemente entre empleo formal, empleo informal y desempleo, y esos tránsitos vacían de continuidad el historial de aportes. La consecuencia de esa intermitencia solo se hace visible treinta o cuarenta años después, cuando llega el momento de jubilarse y la cuenta de aportes no alcanza.
Mientras tanto, la normativa laboral sigue moviéndose en la misma dirección que el fenómeno que describe este ensayo: la Ley N.º 7444/2025 y su reglamentación mediante la Resolución MTESS N.º 220/2026 habilitaron a las micro y pequeñas empresas a firmar contratos a plazo determinado de hasta 12 meses, renovables hasta un máximo de 36. Todavía no existen balances oficiales sobre el impacto real de esta norma en la rotación laboral —ningún organismo, por ahora, lo midió—, pero su sola existencia confirma algo: la flexibilidad contractual no es una tendencia espontánea del mercado que el Estado simplemente observa. Es, también, una política explícita.
Quién queda del otro lado de la línea
No toda la economía se mueve hacia la misma inestabilidad al mismo ritmo. Ya señalamos, en tecnología y desigualdad, que la innovación tecnológica no reparte sus beneficios de forma pareja: tiende a concentrar ventajas en quienes ya tienen capital, formación o acceso previo. Algo parecido ocurre con la estabilidad laboral: no desapareció, pero se volvió selectiva. Se concentra en sectores calificados, en organizaciones grandes, en perfiles con alta demanda —muchas veces, los mismos perfiles que mejor capturan los beneficios de la tecnología que automatiza o reorganiza el resto del mercado—. Para la mayoría restante, la estabilidad es parcial, intermitente, o directamente inexistente.
El trabajo como relato de una vida
El sociólogo Richard Sennett describió, ya hace más de dos décadas, lo que ocurre cuando el trabajo deja de ofrecer continuidad: no solo se pierde ingreso estable, se pierde también la posibilidad de construir una narrativa coherente sobre la propia vida. Un empleo de largo plazo permitía imaginar una trayectoria —de aprendiz a experto, de empleado a jefe de equipo—; una sucesión de contratos cortos, cambios de empleador y períodos de informalidad no ofrece esa misma estructura narrativa. No es solo una pérdida económica: es una pérdida de sentido sobre hacia dónde va la propia biografía laboral.
Esa erosión del relato personal no ocurre en el vacío: convive con un fenómeno cultural más amplio que ya describimos en vivir sin épica: cuando la cultura deja de prometer futuros. Cuando ni el trabajo ni el relato cultural ofrecen una promesa creíble de progreso, planificar a largo plazo deja de ser una opción razonable para buena parte de la población, no por falta de voluntad, sino porque las condiciones materiales que sostenían esa planificación —el contrato estable, el aporte continuo, la antigüedad reconocida— se volvieron escasas.
Una nueva categoría social, no solo laboral
El economista Guy Standing propuso llamar "precariado" a este grupo: no simplemente trabajadores informales ni desempleados, sino una categoría social nueva, definida por la combinación de inseguridad laboral, ausencia de identidad ocupacional estable y falta de acceso a los derechos que históricamente acompañaban al empleo. La fuerza de ese concepto no está en una cifra —Standing lo plantea como marco teórico, no como medición con metodología propia verificable acá— sino en señalar algo que los datos paraguayos confirman de modo concreto: la inestabilidad laboral dejó de ser una etapa transitoria en la vida de algunas personas y se convirtió en la condición estructural de una proporción enorme de la sociedad.
Repensar la protección, no solo el contrato
Nada de esto sugiere que haya un camino de regreso al modelo del contrato fijo para todos. Las cifras paraguayas —60,1% de informalidad, 68,2% entre jóvenes, apenas 28% de densidad de aportes— no describen una anomalía pasajera: describen cómo funciona hoy, de manera predominante, el mercado de trabajo. La pregunta que queda abierta no es cómo volver a un pasado que, para la mayoría, nunca llegó a ser la norma real. Es cómo construir protección social que no dependa exclusivamente de tener, durante décadas, el mismo contrato con el mismo empleador. Mientras esa discusión no avance, la informalidad seguirá siendo, para la mayoría de quienes trabajan en Paraguay, no la excepción del sistema, sino su funcionamiento habitual.
Fuentes
Instituto Nacional de Estadística (INE) (2026). "La ocupación informal fue de 60,1% en el año 2025". Boletín Ocupación Informal 2022 y 2025, basado en la Encuesta Permanente de Hogares Continua. Enlace al informe. Mide ocupación informal no agropecuaria y agropecuaria a nivel nacional; no mide condiciones físico-ambientales del empleo ni subocupación por insatisfacción salarial.
Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social (MTESS), Observatorio Laboral (2026). "Situación de los Jóvenes en el Mercado Laboral". Publicado en septiembre de 2026, con base en microdatos de la EPHC del INE. Mide informalidad laboral no agropecuaria en población de 15 a 29 años; no cubre el sector juvenil rural agrícola.
Estudio sobre densidad de cotizaciones al Instituto de Previsión Social (IPS), 2000-2020, citado por organismos vinculados a la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Dato de densidad de aportes (28%) usado como referencia; cifras sobre proporción exacta de trabajadores que accederán a jubilación no se incluyen por inconsistencia entre fuentes consultadas.
Standing, G. (2011). The Precariat: The New Dangerous Class. Bloomsbury Academic. Usado como marco conceptual, sin cita textual verificada con fuente primaria específica.
Sennett, R. (1998). The Corrosion of Character: The Personal Consequences of Work in the New Capitalism. W. W. Norton & Company. Usado como marco conceptual, sin cita textual verificada con fuente primaria específica.
