Padre, hijo y nieto caminando tomados de las manos.




En Paraguay casi no existen los geriátricos. No porque falte demanda, sino porque culturalmente ni siquiera es la primera opción: los abuelos viven solos, o se mudan con uno de los hijos, y ahí se quedan. Es una costumbre tan arraigada que apenas se discute, al punto de que ni siquiera hay un registro público consolidado de cuántas instituciones de cuidado de larga estadía existen en el país. Lo que no se nombra, en este caso, tampoco se cuenta.

Esa costumbre conviene mirarla con cuidado, porque no es solamente una tradición cultural amable. Es también la señal de algo más incómodo: Paraguay es, todavía, uno de los países más jóvenes de la región, y esa juventud demográfica —que durante décadas fue motivo de orgullo y de proyección económica— es, al mismo tiempo, la razón por la que nadie terminó de construir una red de cuidados para cuando esa juventud, inevitablemente, deje de serlo.

El país más joven de la región

Las proyecciones del Instituto Nacional de Estadística (INE) para 2026 ubican a Paraguay con una población de 6.460.159 personas y una edad mediana de 29,4 años. Es una cifra que, comparada con buena parte de América Latina, confirma la idea instalada de que Paraguay todavía tiene tiempo: una población mayoritariamente en edad productiva, con una proporción relativamente baja de personas mayores.

Esa proporción, sin embargo, ya no es insignificante. Según el mismo relevamiento del INE, 572.244 personas tienen 65 años o más: el 8,86% de la población total. No es una cifra marginal, y sobre todo, es una cifra que va a crecer, no a achicarse.

El propio INE describe este momento como una "ventana de oportunidad demográfica": el período en que la población en edad de trabajar supera ampliamente a quienes dependen de ella, niños y adultos mayores. El problema es que no hay acuerdo, ni siquiera dentro de los propios organismos oficiales, sobre cuánto tiempo más va a durar esa ventana. Un documento del INE basado en metodología de CEPAL/CELADE estima que el período se extiende desde 2015 hasta 2055, y advierte explícitamente que "la ventana de oportunidad demográfica se cerrará en las próximas décadas sin que se hayan sentado las bases para un desarrollo sostenible e inclusivo". Otra presentación del mismo instituto, en cambio, sugiere que esa proporción favorable se mantendría al menos hasta 2050. Treinta años o veinticinco: la diferencia no es menor, pero el diagnóstico de fondo, en ambos casos, es el mismo. Haya cinco años más o cinco menos, la ventana se va a cerrar, y la pregunta relevante no es exactamente cuándo, sino qué se construyó mientras estuvo abierta.

La red que existe, pero no alcanza

Decir que no hay ninguna red de contención para los adultos mayores en Paraguay sería impreciso. Desde 2009 existía una Pensión Alimentaria focalizada en personas adultas mayores en situación de pobreza, ampliada en 2020 para cubrir también la "vulnerabilidad social". Pero en noviembre de 2024 el esquema cambió de naturaleza: la Ley N.º 7322 estableció una pensión universal para las personas adultas mayores, reglamentada semanas después por el Decreto N.º 3139, que derogó la normativa anterior. La diferencia no es menor: ya no hace falta pasar un censo de pobreza para calificar; alcanza con cumplir la edad y los requisitos de residencia para ser incorporado de forma automática.

El texto de la ley es concreto sobre el monto: toda persona mayor de 65 años que cumpla los requisitos "recibirá una pensión mensual no menor al 25% (veinticinco por ciento) del salario mínimo legal vigente, el cual será reajustado automáticamente, conforme a la variación del mismo". En 2026, ese piso equivale a G. 724.762 mensuales.

Alcanza con leer esa cifra despacio para entender el tamaño real de la red: una cuarta parte del salario mínimo. No es que no exista una respuesta del Estado, y de hecho esa respuesta se volvió más amplia e inclusiva en los últimos dos años; es que, por diseño legal, sigue pensada como un piso mínimo de supervivencia, no como un ingreso que sostenga una vejez digna.

Y la propia automaticidad que promete la ley tiene, en la práctica, un año de demora. El salario mínimo subió en julio de 2026, pero la pensión no se actualizará en consecuencia hasta enero de 2027, según explicó el viceministro de Desarrollo Social, Raúl Ramírez: "la incorporación del salario mínimo será incorporada en enero del próximo año, no es un reajuste automático, la ley dispone que se hace recién desde el próximo año". La red existe, es más amplia que antes, y aun así llega tarde.

Y esa pensión no contributiva solo le llega a quienes no tienen otra cobertura. La cobertura previsional contributiva —la jubilación que se gana aportando a lo largo de la vida laboral— es, según a qué fuente se consulte, escasa o insuficiente. Un panel de la economista Verónica Serafini, del Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya (CADEP), ubicó en septiembre de 2026 la cobertura efectiva en apenas 15% de los adultos mayores de 65 años con jubilación. Un informe de la OCDE de ese mismo mes, con una metodología distinta, habla de 36% de cobertura mediante pensión contributiva. Son números que no coinciden, probablemente porque miden cosas distintas —una es una estimación de un centro de investigación local, la otra es un cálculo de un organismo internacional con su propia definición de "pensión contributiva"—, pero ambos coinciden en algo más importante que el número exacto: la mayoría de los adultos mayores paraguayos no llega a la vejez con una jubilación que la sostenga.

Esa brecha no es un accidente. Como desarrollamos en la era del ajuste silencioso, más de seis de cada diez ocupados no agropecuarios en Paraguay trabaja en la informalidad, sin aportar a un seguro social. Una vida laboral entera por fuera del sistema formal termina, inevitablemente, en una vejez por fuera del sistema previsional. El adulto mayor sin jubilación de hoy fue, durante treinta o cuarenta años, el trabajador informal de ayer.

Quién cuida, en los hechos

Si el Estado no alcanza a cubrir ese vacío, alguien más lo hace. Y ese alguien, en la enorme mayoría de los casos, es una mujer de la familia. Datos del INE citados en agosto de 2026 muestran que las mujeres paraguayas dedican el 61,27% de su tiempo de trabajo no remunerado a tareas de cuidado y del hogar, frente a un 25,26% de los hombres. Otra medición, con datos de UNFPA e INE, calculó que las mujeres destinan 14 horas semanales a tareas hogareñas no remuneradas, contra 4 horas de los hombres. Ninguna de estas dos encuestas desagrega específicamente cuánto de ese tiempo corresponde al cuidado de un padre o una madre mayor —la información pública disponible no llega a ese nivel de detalle—, pero la tendencia general es clara: cuidar, en Paraguay, sigue siendo mayoritariamente trabajo de mujer, y mayoritariamente trabajo no remunerado.

Esto conecta a Paraguay con una tensión que ya es moneda corriente en sociedades mucho más envejecidas. En Estados Unidos, el Pew Research Center documentó en 2022 que el 23% de los adultos tiene un padre o madre de 65 años o más y, al mismo tiempo, está criando un hijo menor de 18 años o manteniendo económicamente a un hijo adulto —la llamada "generación sándwich". Entre quienes tienen entre 40 y 49 años, esa proporción sube al 54%, la más alta de cualquier grupo etario. Paraguay, pese a tener una población mucho más joven en promedio, no está exento de esa misma lógica: los adultos de entre 35 y 55 años, la franja que hoy sostiene económicamente a hijos y a padres a la vez, lo hacen sin las licencias laborales, sin los servicios de cuidado diurno y sin la infraestructura institucional con la que esos mismos países más envejecidos, con todas sus limitaciones, ya cuentan.

Y ahí vuelve la ausencia con la que arrancamos: la de los geriátricos. No hay un registro oficial consolidado del total de hogares de adultos mayores habilitados en el país —solo lo hay de un puñado de instituciones monitoreadas por el Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura—, lo cual es, en sí mismo, un dato elocuente: es una opción tan poco extendida que ni siquiera se contabiliza de forma centralizada. Esto no es necesariamente una carencia que haya que lamentar sin matices; para muchas familias paraguayas, cuidar al adulto mayor en la propia casa es un valor, no una obligación resignada. Pero esa misma costumbre, sostenida casi en su totalidad por mujeres y sin red institucional de respaldo, tiene un costo que rara vez se pone en números: tiempo, ingresos no percibidos, salud propia postergada.

Paraguay todavía puede decir, con datos de su lado, que es un país joven. La edad mediana lo confirma, la proporción de personas mayores todavía es baja comparada con lo que será en pocas décadas, y la ventana demográfica, aunque nadie sepa con exactitud cuándo se cierra, sigue técnicamente abierta. Pero la juventud de un país no es una garantía permanente, es un plazo. Y ese plazo se está usando, en gran parte, sin construir lo que hará falta cuando se termine.

La generación que hoy tiene entre 35 y 55 años ya está viviendo el final de ese plazo en carne propia: cuida a sus padres sin licencias para hacerlo, sostiene económicamente a hijos que tardan más en independizarse, y lo hace sabiendo que, cuando le llegue su propio turno de envejecer, va a encontrar, probablemente, la misma red mínima que hoy sostiene a sus padres —una cuarta parte del salario mínimo, si tiene suerte de calificar, y una actualización que, aun cuando llega, lo hace con un año de atraso. Envejecer en un país de jóvenes no es una contradicción retórica. Es, cada vez más, una descripción exacta de lo que está pasando.



Fuentes

▸ Instituto Nacional de Estadística (INE), Estimaciones y Proyecciones de Población, Revisión 2025, 10 de julio de 2026.
▸ INE, "Aprovechar ahora la Juventud: Un análisis del bono demográfico de Paraguay", metodología CELADE/CEPAL.
▸ INE, "La Ventana Demográfica en Paraguay".
▸ ABC Color, "Día Mundial de la Población: cuántos habitantes tiene Paraguay y cómo están distribuidos", 10 de julio de 2026.
▸ Ley N.º 3728/2009 y Ley N.º 6381/2020, BACN — marco legal previo de la Pensión Alimentaria para Personas Adultas Mayores.
▸ Ley N.º 7322/2024, BACN, 5 de noviembre de 2024.
▸ Decreto N.º 3139/2024, Presidencia de la República, 23 de diciembre de 2024.
▸ La Nación, "La pensión universal para adultos mayores sube a G. 724.762 desde 2026", 3 de enero de 2026.
▸ MTESS, Resolución N.º 670/2026, 10 de julio de 2026.
▸ Declaración de Raúl Ramírez, viceministro de Desarrollo Social, citada por Unicanal, 24 de junio de 2026.
▸ CADEP, declaración de Verónica Serafini, panel "Las Políticas Públicas de bienestar en el Paraguay", citado por Última Hora, 20 de septiembre de 2026.
▸ OCDE, "Financing Social Protection in Paraguay", 29 de septiembre de 2026.
▸ INE, citado por Última Hora, "Un día para agradecer la magnitud y el valor de los cuidados de las madres", 26 de agosto de 2026.
▸ UNFPA / INE, citado por La Tribuna, "Mujeres dedican 14 horas al hogar, mientras hombres invierten solo 4", 8 de marzo de 2026.
▸ Pew Research Center, "More Than Half of Americans in Their 40s Are 'Sandwiched' Between an Aging Parent and Their Own Children", 2022.
▸ Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura (MNP), "Informe de Monitoreo IAM N° 08/2026".
▸ Dato de informalidad laboral en Paraguay (INE, 2.º trimestre de 2026), desarrollado en la era del ajuste silencioso.