Mano de hombre acusando con el índice a un grupo de personas de ambos géneros



Pídale a cualquiera que defienda su postura sobre una política pública y le saldrá sin esfuerzo. Pídale después algo distinto: que explique, paso a paso, cómo funciona. Ahí, en ese silencio, empieza esta historia.

Eso mismo hizo el psicólogo Philip Fernbach con su equipo, en tres experimentos que publicaron en 2013 en la revista Psychological Science. Los voluntarios puntuaron cuánto creían entender una política concreta. Después tenían que explicar, con detalle, cómo funcionaba. Y les pasó lo que a casi todos nos ha pasado alguna vez en una sobremesa: las palabras se acabaron antes de lo previsto.

Tras el ejercicio, los participantes se declararon menos entendidos. En esos estudios, además, sus posturas se volvieron menos extremas. Hay un detalle que importa: cuando en lugar de explicar el mecanismo se les pedía enumerar razones a favor de su posición, la certeza no se movía. Y quienes habían tenido que explicar donaron menos dinero a organizaciones que defendían su postura de partida.

Antes de aplaudir

Conviene frenar el entusiasmo. La parte espectacular, que explicar modere las posturas, no ha resistido bien el paso del tiempo. En 2022, Steven Sloman, uno de los autores del estudio original, y Marta Vives revisaron lo que se hizo después: algunas réplicas dieron resultados mixtos y otras no encontraron el efecto sobre el extremismo.

Lo que sí parece firme es lo primero. Cuando uno intenta explicar el mecanismo, la confianza en su propia comprensión se desploma. Es la llamada ilusión de profundidad explicativa, y es más común de lo que nos gustaría admitir.

Un terreno bien abonado

La ilusión es vieja. Lo nuevo es el entorno. Nunca fue tan barato opinar ni tan caro detenerse. Los titulares llegan sin pausa, como contamos en cuando todo es noticia; los plazos se acortan, como en la cultura de la inmediatez; y cada tema exige posicionarse antes de haber leído dos párrafos. Opinar rápido sale a cuenta. Pensar despacio, bastante menos.

Si a eso se suma que, según Edelman, siete de cada diez personas dudan de confiar en alguien cuyos valores o hechos difieren de los suyos (lo vimos en la confianza en retroceso), la opinión empieza a funcionar menos como un juicio y más como un carnet de pertenencia. Esto último ya es lectura nuestra: el experimento de Fernbach mide actitudes en un laboratorio, no el clima del debate público. Pero explicaría por qué una convicción así se defiende a gritos: si cualquier pregunta amenaza su base, mejor no dejar que nadie pregunte. Lo que aquí miramos desde la psicología de cada persona lo vimos desde la cultura en cuando todo es discurso.

Un ejercicio incómodo

La salida no pasa por opinar menos. Pasa por probar la opinión antes de gastarla. Antes de defender algo con fuerza, pruebe a explicárselo a alguien que piensa distinto: qué ocurre primero, qué después, quién gana, quién paga. Si se atasca, no hay motivo para avergonzarse. Es información. O le faltan datos, o le sobra certeza.

No es garantía de que cambie de idea, ya vimos que ni la ciencia lo asegura. Pero le evita algo peor: pelear con furia por lo que no sabría contar.

Una convicción de verdad se nota en lo que hace uno cuando alguien pregunta «¿y eso cómo funciona?». Si se ofende, tal vez era una opinión disfrazada. Si se alegra de poder contestar, ya tiene algo sólido entre manos.

Fuentes