Están los cinco en la misma mesa. Es un asado, un cumpleaños, una reunión de amigas de toda la vida. Y sin embargo, en algún momento de la tarde, cada uno termina mirando su propia pantalla: uno responde un chat de trabajo, otro mira un reel, otro le escribe a alguien que no está ahí. Siguen en el mismo lugar, pero ya no están completamente juntos. Es una escena tan común que casi no se nota, y por eso mismo es más reveladora que cualquier estadística: la soledad de este tiempo no siempre ocurre en soledad. A menudo ocurre rodeado de gente.
Esa paradoja no apareció de la nada. Tiene una fecha más o menos precisa de aceleración —el confinamiento global de 2020— y dos caras que conviene mirar por separado: por un lado, una industria entera que empezó a ofrecer compañía artificial como respuesta directa al aislamiento; por el otro, un hábito mucho más silencioso y ya instalado antes de la pandemia, que la hiperconexión terminó de normalizar. Paraguay, uno de los países con mayor penetración de internet móvil de la región, no es ajeno a ninguna de las dos caras, aunque todavía no tenga datos propios para medirlas.
La soledad, medida (y moderada)
Durante mucho tiempo, hablar de "epidemia de soledad" sonaba a metáfora. Dejó de serlo cuando organismos oficiales empezaron a usar ese término de forma literal. En 2023, el Cirujano General de Estados Unidos publicó un informe que advertía: "la soledad es mucho más que un mal sentimiento: perjudica tanto la salud individual como la social. Está asociada a un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular, demencia, accidente cerebrovascular, depresión, ansiedad y muerte prematura". Dos años después, en junio de 2025, la Organización Mundial de la Salud fue más allá a escala global: "la soledad afecta a 1 de cada 6 personas en todo el mundo", una condición vinculada a "más de 871.000 muertes anuales".
Pero conviene no exagerar lo que la evidencia realmente dice. El estudio más riguroso disponible sobre el efecto puntual de la pandemia —un metaanálisis que combinó 34 investigaciones con más de 215.000 participantes, publicado en American Psychologist en 2022— encontró que la soledad sí aumentó durante el confinamiento respecto de los niveles previos, pero con un tamaño de efecto pequeño, no una explosión. Los propios autores señalan que la heterogeneidad entre estudios fue altísima: en algunos países y poblaciones la soledad subió con claridad, en otros apenas se movió. La pandemia no inventó la soledad contemporánea. La hizo un poco más visible, y sobre todo, aceleró las respuestas tecnológicas que ya estaban gestándose para enfrentarla.
Esa aceleración tiene, además, un respaldo que va más allá del malestar emocional: la propia infraestructura digital cambió de velocidad. Según la OCDE, la pandemia adelantó la adopción de videollamadas en aproximadamente dos años y medio. La CEPAL, citando una estimación de la consultora McKinsey, habla de una aceleración general de la digitalización "en un orden de tres a siete años". Conviene aclarar un matiz importante que la propia OCDE señala: el acceso general a internet no se aceleró de la misma forma —quienes ya estaban conectados ampliaron drásticamente el tipo y la intensidad de uso, pero la pandemia no sumó una ola masiva de personas nuevas a la red—. No se trata de que internet haya llegado a más gente de golpe. Se trata de que, para quienes ya estaban conectados, el celular pasó a ocupar un lugar mucho más central en la vida cotidiana, y ese desplazamiento, según estudios de seguimiento publicados en la revista Sleep en 2022, persiste años después de terminada la fase más estricta del confinamiento: el trabajo desde casa, concluye esa investigación, sigue influyendo en los patrones de sueño y actividad física incluso dos años después del inicio de la pandemia. El hábito que empezó como respuesta a una emergencia se quedó a vivir.
La compañía que se vende como producto
Sobre ese terreno ya alterado creció una industria que antes de 2020 era casi marginal: las aplicaciones de compañía por inteligencia artificial. El crecimiento de la oferta fue, en efecto, aceleradísimo. Entre 2022 y mediados de 2025, la cantidad de aplicaciones de este tipo disponibles en el mercado creció un 700%, según reportes especializados. Replika, una de las pioneras, pasó de unos 10 millones de usuarios acumulados en enero de 2023 a más de 40 millones hacia 2025 —aunque esa cifra mezcla todas las cuentas creadas desde el lanzamiento de la aplicación, no personas que la usan activamente hoy: estimaciones independientes ubican sus usuarios activos mensuales reales en apenas una fracción de ese total.
Y ahí aparece el primer matiz necesario: la adopción real es mucho más inestable de lo que el crecimiento de la oferta sugiere. Character.AI, el otro gran jugador del sector, llegó a un pico de 28 millones de usuarios activos mensuales a mediados de 2024 y, para 2025, había bajado a unos 20 millones. La multiplicación de productos no implica una multiplicación equivalente de usuarios fieles. Es un mercado que crece en cantidad de ofertas y se prueba, se abandona, y se vuelve a probar.
¿Y funciona, al menos, como paliativo? La evidencia académica es más matizada de lo que el marketing de estas aplicaciones sugiere. Un estudio publicado en 2025 en el Journal of Consumer Research, firmado por De Freitas, Oguz-Uguralp y Uguralp, concluyó de forma directa que "los compañeros de inteligencia artificial reducen la soledad", con series de experimentos que muestran un efecto causal medible. Pero otra investigación del mismo año, todavía en fase de revisión por pares, encontró un resultado más inquietante: si bien los participantes estaban, en promedio, menos solos después del estudio, "las interacciones diarias prolongadas con chatbots de inteligencia artificial pueden reforzar resultados psicosociales negativos". El alivio inmediato y el riesgo de dependencia parecen convivir en la misma tecnología, y los propios investigadores que estudian el fenómeno lo admiten sin resolverlo: un equipo de la Universidad de Administración de Singapur advirtió que "la rápida adopción de compañeros de inteligencia artificial plantea interrogantes importantes sobre el futuro de las relaciones humanas, la intimidad y el bienestar emocional". No hay, todavía, una proyección seria sobre hacia dónde va esto. Hay, eso sí, una certeza: la pregunta ya está instalada, y crece más rápido que las respuestas.
El otro fenómeno, el que no necesita ninguna aplicación
Mientras la industria de los chatbots de compañía se debate entre el crecimiento y el reflujo, hay un fenómeno mucho más antiguo, mucho más silencioso, y que no muestra ninguna señal de freno: el hábito de mirar el celular en medio de una conversación presencial. Tiene nombre propio desde 2012 —una década antes de la pandemia—: "phubbing", término acuñado por la agencia de publicidad australiana McCann Melbourne para describir la práctica de quienes se concentran en sus teléfonos y otros dispositivos en lugar de prestar atención a las personas que tienen al lado.
A diferencia de los chatbots, cuya adopción fluctúa, el phubbing parece haberse consolidado como una conducta estable y en expansión conforme el celular se volvió inseparable de la vida cotidiana. Un estudio de 2024 realizado con parejas belgas, publicado con metodología diádica —es decir, encuestando a ambos miembros de cada pareja por separado—, documentó cómo el "phubbing de pareja" genera conflicto específico en torno al uso del teléfono y deteriora la calidad del vínculo. Un metaanálisis publicado en 2025 en Frontiers in Psychology, que combinó múltiples investigaciones sobre el tema, fue todavía más categórico: el phubbing de pareja "afecta negativamente a varios resultados relacionales, incluyendo la satisfacción con la relación, la satisfacción marital, la calidad de la relación romántica, la intimidad, la capacidad de respuesta y la cercanía emocional general". No existe, hasta donde pudimos verificar, una cifra confiable que diga qué porcentaje de personas lo hace en una cena familiar o una juntada de amigos —y cualquier número que circule sin un estudio real detrás debería tomarse con sospecha—, pero la dirección del fenómeno, medida donde sí hay evidencia sólida, es inequívoca: estar físicamente presente dejó de garantizar estar realmente presente.
Paraguay, conectado y sin datos propios
Paraguay llega a este fenómeno con una infraestructura digital que no tiene nada que envidiarle a la de países mucho más ricos. Según datos de CONATEL a cierre de 2025, la penetración del servicio de telefonía móvil alcanza el 94,6% de los habitantes. Según el Instituto Nacional de Estadística, el 85,4% de la población de 10 años o más utilizó internet durante 2025, y el 84,7% lo hizo específicamente para redes sociales. Es un salto considerable respecto del 68,5% que usaba internet en 2019, aunque no exista, hasta donde pudimos verificar, una cifra oficial única que mida con precisión cuánto de ese crecimiento ocurrió puntualmente durante la pandemia: los datos están ahí, dispersos en series anuales, pero nadie los empalmó todavía en un solo cuadro que muestre el quiebre.
Lo que no existe, en cambio, es cualquier dato propio sobre el consumo paraguayo de chatbots de compañía tipo Replika o Character.AI. No hay encuestas locales, no hay estudios académicos que lo hayan medido, no hay cifras de descargas desagregadas por país que hayamos podido confirmar. Es un vacío real, no un descuido de esta nota: la conversación sobre IA conversacional como paliativo de la soledad todavía no llegó, en términos de investigación, a Paraguay.
Lo que sí hay son voces clínicas que describen el síntoma, aunque no puedan todavía cuantificarlo. El psicoanalista Osmar Sostoa lo planteó en estos términos a ABC Color: "somos seres mortales y frágiles y valoramos nuestras vidas. Este abrumador ambiente nos mantiene a todos en gran medida encerrados, con poca o nula vida social y con el temor de vivir al filo de la navaja". Y la psicóloga clínica María Stela Silva Invernizzi, consultada por el mismo medio, fue directa sobre la paradoja central del fenómeno: "una de las razones por las que en esta era de la información nos sentimos solos y solas es la ansiedad, la depresión y otros trastornos mentales comunes". Dicho de otro modo: cuanto más conectados, en algunos casos, más expuestos a sentirnos solos.
Esta tensión no es exclusiva de ningún país rico ni de ninguna generación en particular, aunque la generación que hoy tiene entre 15 y 35 años crezca en ella como si fuera el estado natural de las cosas. Tampoco es exclusiva de los adultos jóvenes: ya vimos, al hablar de cómo se envejece en un país de jóvenes, que el aislamiento también golpea del otro lado del mapa etario, con sus propias carencias institucionales. La soledad contemporánea tiene, parece, más de una forma de manifestarse, y la tecnología ofrece, al mismo tiempo, una respuesta parcial y un nuevo síntoma.
Paraguay no necesita esperar a tener sus propios estudios para reconocer la escena con la que arrancamos: la mesa compartida, los celulares encendidos, las conversaciones paralelas que reemplazan a la conversación común. Esa escena no depende de ninguna aplicación de compañía artificial, no requiere wifi de alta velocidad ni estar entre los países más conectados del mundo. Solo requiere un celular en la mano y la costumbre, ya instalada, de mirarlo primero. La pregunta que dejan abierta los propios investigadores que estudian el fenómeno —si esto termina en más aislamiento o en nuevas formas de vínculo que todavía no sabemos nombrar— es, por ahora, la misma en Asunción que en Singapur.
Fuentes
▸ Office of the U.S. Surgeon General, "Our Epidemic of Loneliness and Isolation", 2023.
▸ World Health Organization, "Social connection linked to improved health and reduced risk of early death", 30 de junio de 2025.
▸ Ernst, M., Niederer, D., Werner, A. M., et al., "Loneliness before and during the COVID-19 pandemic: A systematic review with meta-analysis", American Psychologist, 77(5), 2022. DOI: 10.1037/amp0001005.
▸ OECD, "Fibre and 5G drive OECD digital transformation as broadband markets mature", 30 de octubre de 2025, y Digital Economy Outlook 2024 (Volume 1), 14 de mayo de 2024.
▸ CEPAL, citando a Sneader, K. y Singhal, S. (McKinsey & Company, 2021), sobre la aceleración de la digitalización durante la pandemia.
▸ Massar, S. A. A., Ng, A. S. C., Soon, C. S., et al., "Reopening after lockdown: the influence of working-from-home and digital device use on sleep, physical activity, and wellbeing following COVID-19 lockdown and reopening", Sleep, Vol. 45, enero de 2026.
▸ Axis Intelligence, "Character AI Statistics 2026", 23 de junio de 2026.
▸ HandWiki, "Software: Replika", actualizado 12 de abril de 2026 (fuente secundaria; cifra de usuarios acumulados, no activos).
▸ De Freitas, J., Oguz-Uguralp, Z., y Uguralp, A. K., "AI Companions Reduce Loneliness", Journal of Consumer Research, 52(6), 2025. DOI: 10.1093/jcr/ucaf040.
▸ Fang, C. M., Liu, A. R., Danny, V., Lee, E., et al., "How AI and Human Behaviors Shape Psychosocial Effects of Chatbot Use: A Longitudinal Randomized Controlled Study", preprint, 2025. DOI: 10.48550/arXiv.2503.17473.
▸ Singapore Management University, "Seeking romance with a companion chatbot", 24 de agosto de 2026.
▸ EBSCO Research Starters, "Phubbing" — origen del término, agencia McCann Melbourne, 2012.
▸ Denecker, F., Frackowiak, M., Perneel, S., Abeele, M. V., Ponnet, K., y De Marez, L., estudio diádico sobre "partner phubbing", 2024. DOI: 10.1007/s12144-024-06893-7.
▸ Frontiers in Psychology, metaanálisis sobre "partner phubbing" y calidad relacional, 2025.
▸ CONATEL, datos de penetración de telefonía móvil, citados por DPL News, 2025-2026.
▸ Instituto Nacional de Estadística (INE), Encuesta Permanente de Hogares Continua (EPHC), datos de uso de internet 2019 y 2025.
▸ Osmar Sostoa, psicoanalista, declaraciones a ABC Color, 9 de junio de 2026.
▸ María Stela Silva Invernizzi, psicóloga clínica, declaraciones a ABC Color, 30 de abril de 2026.
