Mujer comiendo sola mientras recuerda la mesa familiar con sus padres y abuelos



En 1688, un estudiante de medicina suizo le puso nombre a una enfermedad que no tenía tratamiento conocido: insomnio, fiebre, apatía, a veces la muerte. Los síntomas aparecían en mercenarios que servían en ejércitos extranjeros, lejos de las montañas donde habían nacido. Johannes Hofer llamó a ese mal «nostalgia», uniendo dos palabras griegas: nostos, el regreso, y algos, el dolor. No estaba describiendo un sentimiento poético. Estaba redactando un diagnóstico clínico, con causa conocida y una sola cura posible: volver a casa.

Trescientos años después, la nostalgia dejó de ser una enfermedad y se convirtió en casi lo contrario: un consuelo, un género narrativo, un argumento de venta. Pero el gesto de fondo no cambió tanto como parece. Seguimos extrañando algo que ya no está, y seguimos construyendo con esa falta relatos sobre un pasado que —casi siempre— fue mejor en todo sentido. No porque lo haya sido. Sino porque así funciona la memoria cuando pierde el peso de lo cotidiano.

Dos maneras de extrañar

La historiadora Svetlana Boym propuso una distinción útil para no confundir todas las nostalgias entre sí. Hay una nostalgia restaurativa: la que no se conforma con recordar, sino que quiere reconstruir el pasado tal como era, con sus símbolos, sus certezas, a veces sus autoridades. Y hay una nostalgia reflexiva: la que se detiene en el detalle, en el objeto, en el gesto, sin pretender devolver nada a su lugar. La primera construye monumentos. La segunda construye anécdotas de sobremesa.

La mayoría de las nostalgias domésticas —la comida de la abuela, la casa de la infancia, el domingo en familia— pertenecen al segundo tipo. No quieren gobernar nada. Solo quieren que alguien, por un rato, vuelva a sentir algo que ya no ocurre con la frecuencia de antes.

El ritual que se fue diluyendo

El politólogo Robert Putnam documentó, en Bowling Alone (2000), algo que cualquiera puede notar sin leer el libro: durante las últimas décadas del siglo XX, en Estados Unidos, se redujo de forma sostenida la frecuencia con la que las familias se sentaban juntas a comer, jugaban a las cartas con vecinos o recibían gente en casa sin ocasión especial. Usó para eso encuestas longitudinales —el DDB Needham Life Style Survey y el Roper Social and Political Trends Archive— que venían midiendo hábitos cotidianos desde mediados de los años setenta.

Conviene no tomar ese diagnóstico como un hecho cerrado. Sociólogos como Claude Fischer discutieron la lectura de Putnam: no se trataría tanto de un colapso de los vínculos como de una transformación —la sociabilidad no habría desaparecido, sino que se habría reorganizado alrededor de nuevos horarios laborales y nuevas formas de agenda—. Sea cual sea la lectura correcta, algo queda claro en ambas: el ritual compartido sin agenda, el que no había que coordinar con antelación, se volvió más escaso. Y lo escaso, tarde o temprano, se vuelve objeto de nostalgia.

La industria no inventa lo que ya sentíamos

Ese sentimiento no pasó inadvertido para quienes venden contenidos o experiencias. Las plataformas de streaming reviven series antiguas, producen versiones «basadas en» lo que ya existía, apuestan menos por lo nuevo que por lo reconocible. Y el turismo descubrió un filón parecido: castillos reconstruidos, pueblos medievales recorridos como si el tiempo no hubiera pasado, ferrocarriles abandonados convertidos en paseo, retiros «sin señal» en la montaña que prometen, más que un paisaje, la ilusión de pisar otra época.

Es tentador acusar a los medios y al turismo de fabricar esa nostalgia. Pero el orden causal parece ser el inverso: la detectan, ya instalada en la gente, y le dan forma de producto. No es el mismo gesto que el turismo que fotografía lo que está destruyendo antes de que desaparezca —ahí hay urgencia por una pérdida en curso—. Acá hay otra cosa: la promesa de visitar algo que ya se detuvo, que ya no cambia, que no va a decepcionar porque no tiene margen para seguir pasando.

Lo que esta nostalgia no es

Vale la pena marcar un límite, porque es fácil confundir esta idea con otras parecidas. No es la disputa por la memoria oficial —quién decide qué héroes se enseñan, qué capítulos entran en los manuales escolares—, algo bien distinto que ya tratamos al preguntarnos quién decide qué recordamos y por qué importa. Esta nostalgia no se juega en los monumentos ni en los libros de texto: se juega en lo doméstico, en lo que nadie enseña porque nadie necesita enseñarlo.

Tampoco es exactamente lo mismo que la pérdida de un relato compartido a nivel social, ese fenómeno por el cual cada grupo informa su propia versión del presente y deja de compartir canal con los demás. Ese análisis lo dice con todas las letras: «Nada de esto es nostalgia». Tiene razón —ahí el problema es la fragmentación del presente, no la idealización del pasado—, aunque las dos cosas puedan convivir en la misma época y alimentarse una a la otra.

Y hay una tercera pieza que conecta, aunque desde otro ángulo: cuando una cultura deja de prometer futuros creíbles, mirar hacia atrás se vuelve una salida más razonable. No hace falta que el pasado haya sido mejor. Alcanza con que el futuro haya dejado de ofrecer algo a cambio.

El domingo que se nos escapa

En Paraguay, buena parte de esta nostalgia doméstica tiene nombre y mesa propios: el almuerzo del domingo, la pasta o el asado compartido con toda la familia, herencia de las colonias de inmigrantes italianos que se mezcló con las costumbres locales hasta volverse un ritual sin fecha de origen clara. Durante mucho tiempo fue una cita fija, sin necesidad de coordinarla por chat, sin agenda ni confirmación previa: se sabía que el domingo era de la familia, y eso bastaba.

Ese ritual también se fue diluyendo, por motivos bastante parecidos a los que documentó Putnam en otro país: agendas más dispersas, generaciones que viven lejos, menos tiempo sin ocupación, más pantallas disponibles aun estando en la misma mesa. Lo que queda es, muchas veces, nostalgia reflexiva pura: alguien que recuerda un domingo específico, con un plato específico, sin pretender reconstruirlo ni organizarlo de vuelta.

Conviene no idealizar del todo esa mesa larga. Detrás de cada domingo de pasta hubo casi siempre alguien —casi siempre una mujer de la casa— cocinando desde temprano, sin que eso contara como parte de la fiesta que los demás recordaban. La nostalgia tiende a editar ese trabajo invisible junto con todo lo demás. Recordar bien no debería significar olvidar quién sostenía el ritual.

Quizás no haga falta reconstruir ese domingo tal como era —eso sería la nostalgia restaurativa, la que Boym desaconsejaba—. Alcanza con reconocer qué perdimos cuando dejó de ser automático encontrarnos sin que nadie tuviera que organizarlo. Esa, y no otra, es la enfermedad que Hofer diagnosticó hace más de tres siglos, con otro nombre y sin cura disponible: el dolor de estar lejos de algo que ya no existe del todo, ni siquiera para quienes nunca se movieron de lugar.


Fuentes

Hofer, J. (1688). Dissertatio medica de nostalgia, oder Heimwehe. Universidad de Basilea. Citado en Sedikides, C., Wildschut, T., & Baden, D. (2004). «Nostalgia: Historical and contemporary conceptualizations». En Greenberg, J., Koole, S. L., & Pyszczynski, T. (Eds.), Handbook of Experimental Existential Psychology (pp. 200-214). The Guilford Press.

Boym, S. (2001). The Future of Nostalgia. Basic Books. Usado como marco conceptual.

Putnam, R. D. (2000). Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community. Simon & Schuster. Usado como marco conceptual, sin cifra precisa (ver nota de verificación).