Barcelona tiene un problema que comparte con Venecia, Ámsterdam, Dubrovnik y cientos de ciudades más: el turismo que la sostiene económicamente es, al mismo tiempo, el que la está vaciando. No es una metáfora exagerada. Cada año llegan más visitantes que residentes permanentes a vivir el centro histórico. Los locales se mudan a la periferia. Los edificios se convierten en alojamientos de corta estancia. Las plazas dejan de ser lugares de encuentro vecinal para volverse escenarios de fotos. La ciudad que atraía turismo por su autenticidad se transforma, en el propio proceso de volverse turística, en algo distinto.
Sobre cuánto de ese encarecimiento es atribuible específicamente al turismo —y cuánto a otras causas como la escasez de vivienda o la inversión especulativa, con datos y sus límites honestos— ya lo analizamos en Turismo, gentrificación y territorio: cuando viajar redefine quién puede vivir en un lugar. Lo que interesa aquí es otra cosa: qué le pasa a una comunidad cuando ese proceso avanza, más allá de lo que midan los precios.
El fenómeno tiene nombre académico desde hace más de una década: overtourism, sobreturismo. Y los gobiernos locales, después de que buena parte del daño ya es difícil de revertir, empiezan recién ahora a reconocer que existe. Barcelona anunció en 2024 planes para limitar el crecimiento turístico. Ámsterdam restringió los alquileres de corta estancia. Venecia instauró una entrada diaria para visitantes de un día. Son medidas reales, pero llegan cuando buena parte de la transformación urbana ya ocurrió.
El mecanismo de la gentrificación turística
El mecanismo se repite con pocas variaciones de una ciudad a otra. Un barrio es percibido como "auténtico". Los visitantes lo descubren, muchas veces a través de redes sociales. Los precios de alquiler suben porque conviene más destinarlo a alojamiento turístico que a vivienda estable. Los residentes de siempre no pueden sostener esos precios y se mudan. Llegan en su lugar plataformas de gestión de propiedades y fondos de inversión inmobiliaria. El barrio que era auténtico porque allí vivía gente con historia, con rutinas, con vecindad, se convierte en una versión de sí mismo pensada para ser visitada y fotografiada, no habitada.
El sociólogo estadounidense Kevin Fox Gotham describió un proceso equivalente en Nueva Orleans, donde la comercialización del patrimonio cultural local —el jazz, el Mardi Gras, la arquitectura del barrio francés— terminó convirtiendo el espacio urbano en espectáculo para consumo turístico, vaciado del sentido comunitario que originalmente lo sostenía. No se trata de una cita textual de su trabajo, sino del concepto general que propone: cuando una ciudad se comercializa a sí misma como destino, corre el riesgo de convertirse en una representación administrada de lo que fue, pensada para la mirada ajena antes que para la vida de quienes la habitan.
Quien permanece en una ciudad transformada de esta manera suele terminar trabajando, de un modo u otro, para el propio turismo que lo desplazó: como camarero, guía, personal de limpieza de alojamientos turísticos. Es una forma de clase trabajadora que el visitante rara vez nota. El turista ve la plaza, la arquitectura, los restaurantes. No ve a la persona que limpia esos alojamientos por un salario bajo, que vive en la periferia porque no puede pagar el centro donde trabaja, y que conoce la ciudad sobre todo como lugar de trabajo, no como hogar.
Documentar en lugar de intervenir
Hay algo en este fenómeno que conecta con un patrón más amplio de la época: la tendencia a responder a los problemas colectivos con el registro antes que con la acción. Frente al desplazamiento de una comunidad entera, la reacción más extendida no es la organización vecinal ni la presión política sostenida, sino la fotografía, el video, el comentario en redes. Documentar reemplaza a intervenir. Esta misma lógica —convertir la pérdida en contenido antes que en causa— aparece también, desde otro ángulo, cuando el turismo se mueve no por un barrio que se gentrifica sino por un paisaje natural que se está perdiendo: distinto fenómeno, mismo reflejo de fotografiar en lugar de actuar.
La diferencia entre ambos fenómenos es importante y vale la pena señalarla con precisión: en un caso se documenta algo que desaparece por causas ambientales ajenas a quien fotografía. En la gentrificación turística, en cambio, quien fotografía el barrio "auténtico" es, estructuralmente, parte del mecanismo que lo está transformando. No hay necesariamente mala intención individual —nadie reserva un alojamiento pensando en desplazar a una familia— pero el efecto agregado de millones de decisiones individuales sí produce ese resultado.
Un ciclo que se repite
El patrón suele seguir una secuencia reconocible. Primero, el descubrimiento: un barrio o una ciudad se perciben como genuinos, poco intervenidos, y esa percepción se amplifica en redes sociales. Segundo, la expansión: la infraestructura turística crece con rapidez, los precios suben, los residentes de siempre comienzan a irse. Tercero, la saturación: el lugar se vuelve caro, concurrido y, paradójicamente, menos auténtico de lo que atrajo en un principio; parte de los visitantes busca entonces el próximo destino "no descubierto". Cuarto, la etapa final: queda la infraestructura inmobiliaria construida para un flujo turístico que puede desplazarse a otro lugar, mientras la comunidad original ya no está para volver.
En cada fase de ese ciclo hay actores que obtienen beneficio económico —quienes compraron propiedades antes de la revalorización, las plataformas que gestionan los alojamientos, los operadores que promocionan el destino— y actores que asumen el costo, que es sobre todo la pérdida del lugar como hogar. Cuando el capital se desplaza hacia el siguiente destino de moda, lo que queda es una ciudad transformada de manera difícil de revertir.
Lo que la política pública no resuelve del todo
Las respuestas que están ensayando distintos gobiernos —limitar alquileres turísticos, cobrar entradas, restringir el acceso a ciertas zonas en horarios pico— tienen sentido, pero ninguna resuelve el problema de fondo con facilidad. Restringir los alquileres de corta estancia puede desplazar a trabajadores del sector turístico que dependían de esos ingresos. Subir los precios de acceso filtra por capacidad de pago, no reduce necesariamente el impacto por visitante. Cerrar zonas específicas al turismo masivo tiende a desplazar el flujo hacia barrios vecinos, reproduciendo el mismo problema en otro punto del mapa urbano.
Como señalamos en nuestro ensayo sobre el turismo lento y el redescubrimiento del territorio cercano, una alternativa real —viajes más largos, con menor huella por persona y mayor integración en el lugar visitado— existe y tiene sustento, pero choca con la lógica de una industria que vende precisamente lo contrario: experiencias breves, intensas y fácilmente replicables para el siguiente visitante.
El espejo paraguayo: una pregunta todavía abierta
Paraguay no es, hoy, un caso de sobreturismo en el sentido que lo son Barcelona o Venecia: no recibe un volumen de visitantes comparable al de su población residente, y no identificamos evidencia verificable de desplazamiento de comunidades enteras por presión turística en ciudades como Asunción o Encarnación. Sería impreciso forzar una equivalencia que los datos no sostienen. Es, de hecho, un país con otro tipo de restricción a la movilidad, la que analizamos en Fronteras, pasaportes y movilidad global: la pregunta ahí no es quién puede quedarse en un barrio, sino quién puede siquiera salir de su país con libertad.
Pero el mecanismo que describe este ensayo no depende de la escala de una metrópoli europea: depende de que exista un barrio percibido como atractivo, capital dispuesto a invertir en alojamiento de corta estancia y una demanda creciente de experiencias "auténticas" y fácilmente reservables. No pudimos verificar cifras locales sobre la evolución de plataformas de alquiler turístico en barrios específicos de Asunción, por lo que no las incluimos como evidencia. Lo que sí puede plantearse, como pregunta legítima y sin urgencia alarmista, es si ese mecanismo ya empezó a operar a pequeña escala en algunos barrios con atractivo patrimonial o gastronómico del país, antes de que alcance una magnitud que, en otras ciudades, llegó quizás demasiado tarde para discutirse.
El turismo que mata lo que ama
Hay una paradoja que atraviesa todo el fenómeno: quien viaja busca, casi siempre, algo genuino —la forma de vida real de un lugar, no una puesta en escena. Pero la llegada masiva de personas con esa misma búsqueda es, estructuralmente, lo que transforma ese lugar en otra cosa. El visitante quiere la ciudad auténtica. Su presencia, multiplicada por millones, es parte de lo que la vuelve inalcanzable para el próximo visitante, que llegará buscando lo mismo en un lugar ya distinto.
La pregunta de fondo no es si el turismo debería existir —sostiene economías enteras y genera encuentros que valen la pena— sino si es posible pensar un modelo que no dependa de convertir los lugares visitados en versiones vaciadas de sí mismos. No hay una respuesta sencilla. Pero nombrar el mecanismo, en lugar de solo lamentarlo o solo fotografiarlo, es un primer paso distinto al que hasta ahora ha predominado.
Fuentes
Gotham, K. F. (2002). "Marketing Mardi Gras: Commodification, Spectacle and (Dis)Illusionment in New Orleans". Urban Studies, 39(10). (Referencia al concepto; lectura editorial, sin cita textual, no verificado por investigador).
Para la evidencia cuantitativa sobre el efecto de Airbnb en precios de vivienda, véase "Turismo, gentrificación y territorio" (enlazado en el cuerpo de este post).
