En 2010, dos premios Nobel de por medio, se dio por sentado que el dinero dejaba de comprar felicidad pasados los 75.000 dólares al año. En 2021, otro investigador dijo que no, que seguía subiendo. En 2023 se sentaron juntos a resolverlo. La respuesta, que casi nadie recuerda, cambia la pregunta: no es que el dinero deje de importar. Es que el crecimiento no está llegando al dinero de la gente.
Durante décadas, crecer fue sinónimo de progresar. Más producción, más empleo, mejores ingresos, una vida más ordenada. Hoy muchas economías crecen y el bienestar no las acompaña. Trabajar más, producir más y consumir más ya no garantiza vivir mejor, y la pregunta dejó de ser cuánto crece la economía para pasar a ser para quién.
Lo que descubrieron cuando se sentaron a discutir
La disputa enfrentó a Daniel Kahneman, Nobel de Economía, con Matthew Killingsworth, investigador de la Universidad de Pensilvania. El primero había mostrado en 2010, con Angus Deaton, que el bienestar emocional se aplanaba a partir de los 75.000 dólares anuales. El segundo, en 2021, con otro método, encontró que seguía subiendo sin techo visible. Con una tercera investigadora, Barbara Mellers, como árbitra, publicaron en 2023 en la revista PNAS un trabajo titulado, con cierta soberbia, «Un conflicto resuelto».
La clave es que ambos tenían razón, pero sobre grupos distintos. Para la mayoría, el bienestar sube de forma sostenida con el ingreso, y entre los más felices incluso se acelera pasados los 100.000 dólares. Solo para una minoría infeliz el bienestar crece con el ingreso hasta unos 100.000 y se estanca. Killingsworth lo resumió con modestia: el dinero no es el secreto de la felicidad, pero probablemente ayude un poco. Y la discusión sigue: en 2024 circuló un trabajo preliminar, todavía sin revisión de pares, que sugiere un aplanamiento hacia los 200.000 dólares.
Conviene mirar la escala. Son datos de Estados Unidos, de personas con ingresos muy superiores a los de casi cualquiera de nuestros lectores. El mínimo legal en Paraguay, 3.044.000 guaraníes al mes, equivale a unos 6.000 dólares al año; la discusión sobre el «techo» ocurre diecisiete veces más arriba (cálculo nuestro). En el rango donde vive la mayoría, nadie discute que más ingreso mejora la vida.
Entonces, ¿qué se rompió?
Si el ingreso importa, el problema es que no acompaña al crecimiento. Según la OIT, en los países ricos la productividad subió 29 % entre 1999 y 2024 y los salarios reales, 15 %, algo que vimos en productividad récord, salarios que no acompañan. En Paraguay, en tres años la comida subió casi el doble que el piso salarial, como contamos en salarios reales y costo de vida. Y hay empleo: en el segundo trimestre de 2026 se sumaron 128.745 ocupados no agropecuarios, pero casi 75.000 fueron informales, como vimos en empleo informal. Se crean puestos, no trayectorias. Se suman horas, no certezas.
Es la distancia entre el indicador y la vida cotidiana. Una economía puede mostrar buenos números y, al mismo tiempo, producir malestar, porque lo que mide, producción, empleo y consumo, dice poco del estrés, del tiempo disponible o de la seguridad.
El ingreso no es todo
Hay otra mitad de la historia que el dinero no cubre. Según Gallup, en 2025 solo el 34 % de los empleados del mundo decía que su vida iba bien, y el 40 % había sentido mucho estrés el día anterior, como vimos en el tiempo como moneda. En muchos casos, el crecimiento se sostiene a costa de jornadas más largas, ingresos múltiples y menos tiempo propio, y el bienestar depende también de eso: del tiempo, de la estabilidad emocional, de poder planificar. Una economía que crece consumiendo tiempo produce un bienestar limitado.
Mientras tanto, el discurso dominante tiende a pedirle a cada persona que se gestione mejor: que se capacite, optimice su tiempo, emprenda. Es una receta que ignora que el problema no es solo individual. Y cuando el desgaste se presenta como parte natural del progreso, se vuelve más difícil discutirlo: se privatiza, y se vive como falla personal.
Crecer, ¿para qué?
La discusión de fondo no es si crecer o no. Es para qué. El crecimiento debería ser un medio para mejorar la vida, no un fin en sí mismo, y eso obliga a mirar otros indicadores: ingresos, pero también tiempo, estabilidad, salud. El trabajo sigue siendo central y el crecimiento sigue importando. Pero ninguno garantiza, por sí solo, bienestar. Crecer importa. Vivir mejor debería importar más.
Fuentes
